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25.5.12

Reivindicación del clima

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Ricardo Gutman

I
Debiese darle la razón a todos y dejar de hacerme mala sangre. De última nadie está equivocado, si algo nos han enseñado es que peleamos por imponer sentidos. En cualquier cosa. Hasta en los inodoros. Y que en esa pelea algunos pelean como pueden, con lo que tienen, desde su humilde u opulento lugar. Y que nos gastamos mucho en esa pelea, nos pasamos la vida peleando, incluso cuando creemos que no peleamos. Que lo hacemos como para decir que hacemos algo porque en realidad tenemos miedo de morirnos y no otra cosa. Porque la idea es llegar a un punto de la vida y mirar para atrás y decir está bien.
Nunca nadie piensa cambiar nada de lo que hizo. Fijate que en el transcurso de los años pensás un millón de veces que cambiarías y que no, que sería bueno pegarla al Quini o al Loto y zafar, pararse. Recuerdo hace unos años, cuando te decían que con un millón de dólares te parabas para el resto de tu vida. Ja. Mirá ahora. Con suerte te alcanza para hacer una inversiones y rezar para que no pase nada que haga caer el mercado inmobiliario o algo por el estilo. Pensás un millón de cosas distintas al mismo tiempo para cambiar algo que cuando llegues al final del camino estás contento de que haya ocurrido así y no de otra manera. Porque son muy pocos los que asumen que quizás se equivocaron. Quizás no nos equivocamos nunca y creemos que nos equivocamos constantemente porque nos han dicho que nos equivocamos constantemente.
II
Dicen que los días están horribles. Húmedos, lluviosos, grises, blancos. Para mí están hermosos. Cómo hago para explicar que los días así también son hermosos y que no tiene ninguna diferencia con otros días. Que son días que te dejan vivir. Quien dijo que el calor es mejor que la humedad. Que está para salir a sacar fotos por ahí, meterse en algún puente, fumarse un pucho y mirar como el humo se espesa en la humedad del ambiente; ver como se va, como se diluye entre el cielo blanco cruzado de gris, sin cables ni postes. A lo lejos un árbol, verde todo verde después de haber llovido, cuando todo es más verde. La tierra húmeda. Quién dijo que estos días son horribles. ¿Son horribles porque no se seca la ropa? Ya se secará. Por más que los huesos te pasen factura, no importa, es como todo, ¿cuántas de las cosas que querés te hacen doler? Y seguís, y no te quejás, y si te quejás se te pasa. Como un día húmedo. Como una semana húmeda. El clima es así. No debieses ni de abrir la boca, simplemente deberías dejar que pase. El clima no existe por vos, existe para la tierra. A ver si te das cuenta. Quedarse tirado mirando como la tarde se va yendo en esa especie de tubo blanco en lo que se han convertido los días, días sin nombre, sin horas sin tiempo, una sucesión de días sin nombre, un día interminable sin nombre con luces y sombras y algún que otro color que cambia sin mayor preferencia, el estado de ánimo del universo, que es el mismo y que cambia cuando se le da la gana. Meter el pie en la tierra húmeda, barrosa, entrarse, resbalarse, dejarse ensuciar por el barro que come la suela de las zapatillas. Caminarla. Deslizarse. Reírse con el suéter forrado de gotas de agüita.
III  
No sé si está bien esto que hago. No sé porque debiese interesarte algo. Lo digo con ánimo de pregunta, con todo respeto. No sé porque leerías esto. Habitar un cuerpo es darle sentido a la materia, es más que incluso lo que hacemos todos los días. Mucho más que movernos, comer y reproducirse. Existen millones de vidas que no viviré y está bien que así sea. Existen y quedan millones de experiencias que no me tocarán ni de cerca. No al menos ahora. No seré, ni soy, algo presuntamente calificable. Y no es vanagloria. No puedo. Se me escapa. Mientras tanto recorro el camino y dejo que el camino me lleve. El camino que se recorre es también algo que define. Y en ese camino no hay tautologías ni palabras confusas, ni sentidos cruzados. Es correspondiente y no otra cosa. Recorrer el camino es definirse, o irse definiendo. Confirmación de que se es lo que se es. Y ser lleva a recorrer ese camino y no otro. No son dos cosas distintas, son dos cosas invariablemente acopladas. Elegir el camino lleva a ser. Lo que sea, en ese momento, en ese lugar. Pido disculpas, pero en este momento estoy más interesado en recorrer el camino que en definirme. Fe ciega. El camino define. Y mientras tanto, en ese devenir, soy. Me develo mientras recorro, mientras devengo. ¿Cuál es la necesidad de definirse, de estancarse?.
IV
Jugar. En el charco mismo, lleno de barro y agua, con los pastos pegados en la cara. ¿Que necesidad de preocuparse por las funciones que se ocupan en la vida si en definitiva no son nunca las mismas? Si la vida es la constante, las funciones son la variable. No hace falta que lo explique, es tan fácil que hasta un adulto puede percibirlo. El problema es que lo acepte. Los niños ya lo saben, por eso juegan. Juega como los chicos, a ser astronauta, a ser bombero, enfermero o piloto de autos. Juega a lo que quieras. Pero no olvides volver. Porque no eres más que lo que vuelve en el momento que dejas de jugar. Como los niños, que vuelven a ser niños cuando dejan de ser lo que jugaban a ser.  
V
Si por mi fuese, jugaría toda la vida a la rayuela. Es impresionante la cantidad de versiones que tiene ese juego. Hasta un libro. Yo jugaría, pasa que los chicos ya no quieren jugar conmigo. Dicen que estoy grande.
VI
Entre todas las cosas que me puedan tocar, entre todas las variantes de la misma situación, espero que la valquiria que me lleve lo haga cantando. Ojalá que la valquiria tenga la voz de Bjork, la voz de una nena de cinco años que hace música jugando y que me lleve así, como quien quiere la cosa, jugando, una tarde como la de hoy.

18.4.12

La humedad

Por Ricado Gutman

Es la humedad, no es otra cosa. Creo que el Puma Goyti dijo que el calor degrada al ser humano. Se equivocó. Es la humedad, que empieza a ponerse calurosa a eso de las 10 de la mañana. Porque no es al revés, no no, es la humedad que se pone calurosa no el calor que se pone húmedo, lo que hace que el día se vuelva insufrible. Es así que el estado de ánimo de la gente empieza a cambiar; aquél que era un amor hace diez minutos se transforma en una porquería atómica. Y todo porque la ropa se le pega a la piel. Llegado el caso la humedad puede hacer renegar de la condición humana. Debe ser que por eso existe la depilación definitiva, beneficio al cual la mayoría de los mortales estamos lejos de llegar, más que nada porque nos sale muy caro. Dan ganas de salir a matar gente. Por eso lo que mata es la humedad. La humedad ambiente. No conocí peor lugar para eso que Santa Fe. Deben existir los trópicos y las selvas y de seguro deben ser insoportables pero al menos tienen árboles. Árboles como la gente. Santa Fe te destroza, con el río ahí al lado. Pocas cosas deben ser más insufribles que Santa Fe en enero. Santa Fe en enero sin un mango en los bolsillos.
En esos tiempos la gente se las arreglaba para pasar el verano, la siesta sobre todo. El primer verano fue una tortura total, paraba en la casa de un pariente, no me sabía cocinar, comí lentejas durante una semana hasta que me animé a tirar una milanesa a la plancha y como si fuese poco la media era de 45°. La casa tenía un patio de dos por dos, puro cemento, la cuadra entera, que era prácticamente una cortada, no tenía un solo árbol, por lo que la casa estaba expuesta al sol todo el día. Arrinconados por el sol quince horas al día. Fue la primera vez que creí que no iba a aguantar. Pero en ese entonces era flaco y no chorreaba sudor como ahora. Estuve unos 20 días en la casa del pariente, que apenas pudo me subió el valor del alquiler cosa que le diga que me iba y me fletó. Es comprensible, el vago vivía sólo y no iba a aguantar a un pendejo que ni siquiera se sabía cocinar una milanesa. Es comprensible, sí, pero siempre es preferible decir las cosas sin rodeos que buscar la mejor manera de rodearlas. Por ese entonces yo tenía menos idea de nada que ahora. Así me recibió Santa Fe.

11.4.12

Los burócratas somos así

Por Ricardo Gutman

Durante mucho tiempo pedí el trabajo que tengo. Para los que no saben, soy oficinista. Administrativo es mi categoría laboral. Al menos eso dice en el recibo de sueldo. Para otros soy un ladrón. Algo que es lícito de pensar. Para otros debo ser un hijo de puta, y también comprendo eso. Porque de última no me importa y no es problema mío. Que se arreglen los otros por lo que son sus pensamientos, que se hagan cargo de lo que generan. Bastante tengo con lo mío. Durante mucho tiempo no solo lo pedí, sino también que lo deseé porque para ser sincero, estaba cansado de estar atendiendo un mostrador o hacer notas periodísticas, las dos cosas por míseras monedas. El tiempo pasó, desocupación incluida, hasta que llegó. De manera impensada aunque no por eso menos lógica. Se puede decir que tuve suerte si se quiere, pero como la suerte no existe es posible explicarlo de otra manera: en algún momento, en algún lugar, dije las palabras justas en el momento indicado a la hora señalada enfrente de la persona correcta y esa persona, a la hora de decidir por el puesto que hoy tengo pensó en mí. Así de simple. ¿Por qué pensó en mí? Por todo lo expuesto anteriormente y porque tenía que pensar en mí en ese momento. Comprendo si parece una explicación algo sacada de los pelos y carente de lógica pero es absolutamente cierto. No hay mayores méritos, por así decirlo.

10.4.12

Joaquín

Ricardo Gutman

I
Las herramientas que el ser humano implementa con tal de ganar dinero son muchísimas. El arte de convertir atractivo algo y venderlo es quizás una de los tesoros más preciados, tanto como encontrar un nicho de mercado. Algunos de ellos tienen sus efectos inmediatos y son copiados por la mayoría hasta hacerse costumbre, cagando cualquier nicho de mercado y posibilidad de crecimiento. Por poner un par de ejemplos, la fotocopiadora en San Cristóbal durante los 90. Otro de ellos es el de la cena show. De los dos, el que me rompe soberanamente las pelotas es el show musical a la hora de comer. Es algo que no soporto, sobre todo cuando se pasan de mambo con el volumen de los amplificadores y hacen que la comida te haga explotar los intestinos. La cosa se complica y empeora si el cantante desafina, cosa que ocurre la mayoría de las veces.  Es por eso que cuando voy a comer a algún lado me fijo de que no haya escenario. Si ya hay una banda tocando automáticamente me espanta. Pero eso no es lo peor. Lo peor es que te toquen mientras comés cuando no querés que te toquen. Que te obliguen a escuchar algo que no querés cuando precisamente te sentaste ahí porque no había show. Es muy lindo todo y comparto que haya que apoyar a los artistas locales y al folclore nacional pero por mí te podés meter el siku en el centro mismo del orto si me venís a romper las bolas cuando como. Y menos cuando estoy sentado. Me importa tres pitos que sea una práctica burguesa de alimentación. Quiero comer tranquilo la concha de tu hermana. No sé si soy claro.

II
Al tipo ya lo habíamos visto la última vez que pasamos por Capilla. Seguro que hace años que está en el lugar, es deber reconocer que el nuevo en Capilla soy yo. Estaba un poco más gordo si se quiere la última vez que lo vimos. O más alegre. De todas maneras llama la atención, al menos los primeros dos minutos. Para muchos es más que suficiente. Supongo que para él también. No tengo idea como se llama pero lo bautizamos Joaquín. Aramos dijo el mosquito, digo lo bautizamos por haber estado en el mismo momento en que el Ale le puso el nombre. El nombre no salió de mi cabeza. Para mí era el flaco de la peatonal de Capilla. Como tantos otros flacos de la peatonal de Capilla. Le puso Joaquín porque la primera vez que lo escuchamos estuvo tocando canciones de Sabina cada vez que lo cruzamos. Y cuando lo volvimos a ver terminaba de cantar Contigo y empezaba 19 días y 500 noches. Todas sonaban igual.
Sin temor a ser exagerado y con la tranquilidad  que me otorga la sinceridad es deber decir que como músico Joaquín es horrible. De hecho es muy malo tocando, tan malo como cuando canta. Toca muy mal, o al menos toca como se le canta. Todas las canciones suenan igual en su guitarra, desde Loco tu forma de ser hasta Cantares. Y la voz que tiene hace que hasta incluso yo con mi voz de graznido perpetuo parezca afinado. Desde que lo vi lo destrocé en críticas, no sólo por su aspecto, que hasta podría calificarse de pasayesco, sino por la poca prestancia para cantar. Sentencié que era horrible, cosa que musicalmente hablando de hecho es, y por lo bajo pensé que este tipo estaba quemado de tanto faso para hacer lo que hacía. Digo por lo bajo aunque es muy probable que lo hay hecho a viva voz y ahora no lo recuerdo y hasta me haya reído de mi ocurrencia. Me faltó el dedito índice apuntando para arriba.

28.2.12

Todos los días pasan cosas



Ricardo Gutman


I
No voy a mentir. No tengo porque hacerlo. No voy a hacerle decir a nadie cosas que nunca ha dicho. No puedo recordar la cantidad de personas con las que me he cruzado alguna vez en la vida. No seré tan estúpido como para decir por vos cosas que no dijiste, pero tanto comentario cansa. No diré miles ni millones, ni siquiera diré cientos. Diré, simplemente, que estoy cansado de escuchar a la gente a la gente quejarse. Quejarse de todo. Hacerse problema por todo. Quejarse del mundo, en definitiva.
Parece que la culpa siempre está en otro lugar, en otro. Parece ser que nadie entendió que al mundo se lo hace. No al planeta, a esa entidad biológica que está desde antes que lleguemos y al que tan mal tratamos, no, no hablo de planeta. Digo el mundo, el conglomerado de acciones y pensamientos que manifiesta la especie. Digo la especie porque no quiero decir humanos.  Creo que soy bastante claro. Hemos llegado a un grado tal de ignorancia que ya no discernimos nada. Y lo peor es que estamos orgullosos de eso. Y nos quejamos de eso cuando eso es la manifestación de nuestras ideas. En un rapto de sinceridad habría que hacerse cargo de una buena vez de las cosas que se generan. Es decir, no sé  de qué se quejan, eso es lo que la especie quiere. Si quisiese otra cosa tendría otra cosa. Algo mejor. Infinitamente mejor. Pero hay que quererlo. Y ponerlo en acción. Y dejarse de quejar.
II
Yo soy de los que creen que los milagros pasan más seguido de lo que uno cree. De hecho ocurren milagros todos los días, a cada momento. Soy de los que creen que cambiar de canal con el control remoto constituye un acto de magia inexplicable y un pequeño milagro. Sé que otra gente tratará de explicarme la justificación científica del funcionamiento del control remoto, que de hecho la tiene y de hecho ya lo han hecho, y yo pondré cara de que estoy comprendiendo lo que se me está explicando aunque no entienda un comino de las partículas esas que vuelan en el éter. Entonces yo diré Ajá! con cara de asombro fingido y el sujeto que me lo explica quedará contento de que entendí lo que me dijo y yo habré entendido que ese tipo no entiende mucho de las cosas pero está plenamente convencido de cómo son las cosas. Incluso creerá que ha hecho un bien al mundo al explicar a un ignorante como yo el funcionamiento del control remoto y estaré contento porque él es feliz de esa manera.
Todos los días pasan cosas. Como las del video. La primera vez que ví este video me lo mandó la  Vero Capellino por mail. Y pasó mucho tiempo hasta hoy. El que está a la izquierda de la pantalla, tocando el violín, es Joshua Bell, quizás el violinista más famoso del mundo. El video es un experimento que llevó adelante el Washington Post en el subterráneo de Washington. Joshua Bell tocando en el subte de Washington como un perfecto extraño. La genta pasa, sigue haciendo las cosas de todos los días mientras a un metro de distancia Joshua Bell toca gratis. Si quisieses verlo en acción en los lugares que habitualmente toca tendrías que pagar un fangote de guita. Pero ahora no, está tocando a centímetros y la mayoría de la gente pasa. Casi nadie se entera.
No es necesario conocerlo, haberle visto la cara, haber escuchado un concierto. No se está obligado a saber quién es, nadie está obligado a saberlo más allá de los músicos, que por obligación deben saber estas cosas. Ni siquiera hace falta saber teoría y solfeo. Lo único necesario es quedarse a escuchar la música. Pasan miles y a lo sumo cinco se quedan. De esos cinco la chica que está de frente es la única que sabe quién es Joshua Bell y está plenamente conciente de lo maravilloso del momento. El artista lo reconoce y en un acto acercamiento comparten la gratitud del momento. Dos personas unidas por simples vibraciones de una cuerda.
III
Tal como están las cosas, si Dios se pusiese al lado tuyo es probable que no te des cuenta. Tal como están las cosas Dios pasaría desapercibido. No voy a decir si eso es malo o es bueno, no puedo hablar por otros ni menos que menos decidir por otros. Digo que tranquilamente Dios podría ser Joshua Bell, no sé si me explico, Dios como una música, una vibración, que casi nadie escucha y que está ahí, tan cerca de todos, de miles de sordos que siguen haciendo las cosas de todos los días y que creen que Dios es algo tan ajeno a ellos que no puede estar en la estación del metro tocando un violín. Eso es no saber ver, disculpen que lo diga así. Después de eso no tiene sentido quejarse.

3.10.11

Puertas


Ricardo Gutman
Para entrar a una casa es necesario abrir una puerta. Esto siempre es así. Cuando se entra a una casa se abre una puerta. Abrir una puerta siempre es una acción cargada de ansiedad, de misterio y sorpresa. Cualquier cosa puede pasar. En este caso, la puerta del pasillo fue casi siempre de chapa hasta hace algunos meses, donde decidió volverse de aluminio. Esa puerta siempre llevó a un pasillo y a un patio de luz. Pero nunca a mi casa. La puerta que lleva a mi casa está después de ese patio de luz y es de madera vieja, desde antes que yo nazca. Esa es la puerta que abre a otras puertas. De hecho es así. Cuando uno abre la puerta de madera, la de bienvenida, uno cree que entra a mi casa pero en realidad entra a otras puertas, cosa que vendría a ser lo mismo. Esa es, en definitiva, una puerta que abre. Porque también hay puertas que cierran y de hecho las tengo. Como todos. Como en cualquier casa. Pero en mi casa no es lo mismo porque apenas se abre la puerta de entrada uno se encuentra indefectiblemente con la puerta del baño. Mi casa es rara. O es como pudo ser. Pero así es. Es la primera puerta que se ve. Siempre creí que estuvo ahí por si uno está apurado. Que se yo. Pero está ahí y no se puede no verla.
Cuando la puerta de madera se cierra uno puede ver lo que el ángulo de abertura le estaba negando: otra puerta, al lado de la puerta del baño, que es la pieza de mi madre, que en otro tiempo fue un living donde nos sacábamos las fotos de cumpleaños pero que el tiempo y la muerte convirtió en dormitorio. Para el visitante desprevenido esto es todo un desafío, usualmente nadie sabe muy bien que hacer si uno no lo guía. Sobrados casos existen de confusiones al por mayor de gente que quiere hablar conmigo y termina en el baño, sin querer, sin pensarlo. Pero ahí no termina la cosa. El tema es que hay otra puerta del lado derecho de la puerta de madera, que vendría a ser la primer puerta cardinalmente hablando pero que mayoritariamente no es visible a primera impresión porque generalmente la gente entra de frente a las casas y en este caso la visual les muestra la puerta del baño, ignorando la primera. Es comprensible, básicamente un laberinto rectangular con cuatro puertas a los lados. Un laberinto exclusivamente de puertas.

13.9.11

Lentes


Ricardo Gutman
La mujer cantaba como hacía tiempo no escuchaba. No la conocía y tampoco me importaba, no sabía de donde era pero eso tampoco me importaba. Parecía joven, enérgica, libre; no se puede cantar así si uno está atado. Todos sabemos que los pájaros cantan mejor en libertad que comiendo mijo en una pajarera y esa mujer parecía no tener alambres al cantar.
El día era bastante pesado. Todo lugareño está acostumbrado ya a este calor pero yo no soy lugareño de este lugar, soy un pasajero en trance, creo. Asocié tamaño sudor que manaba de mi frente a una hipotética acumulación de sudor no gastado en los últimos tiempos en los que precisamente estuve muy lejos de ser un atleta. Ya estaba cansado de tomar cerveza, la bebida que inundaba las mesas del lugar. Me decidí por una gaseosa, mal no me haría aunque dicen que son bastante dañinas. No importa, últimamente tengo piedad hasta de un cigarrillo. Me prendí uno, tranquilo, pude ver como se quemaba progresivamente el tabaco y hasta llegué a escuchar el crujido de la encendida. Expire la bocanada con el mismo placer de siempre, jugando con el humo, haciendo argollas en el aire y asegurándome una vez más que la primera pitada del cigarrillo era la mejor de todas.

9.9.11

Luna en la ventana


Ricardo Gutman
Te veo acá, sentada al lado mío, en el mismo lugar donde hoy estamos como burlando al tiempo, ni vos ni yo somos los mismos pero eso no importa, la gente se encuentra para decirse cosas que tarde o temprano terminan por agotarse, pero siempre me acuerdo de mis afanes, de mis inútiles afanes por conquistarte, y eso es lo que hoy te quiero agradecer.
Yo bien sabía que esos afanes eran infructuosos, burdos quizás, y vos también lo sabías, niña, lo sabías y te gustaba de esa manera. Yo buscaba un pretexto para encontrarte y vos necesitabas que alguien te diga las cosas que siempre creíste de vos.
Nunca hubiéramos llegado a nada, yo demasiado fuente de plaza y vos demasiado arquitectónica, con tus fuerzas y tensiones y estructuras que se me olvidaban apenas cuando cantabas, entonces ya no importaba morfología; que podían importar las formas de nada.

8.9.11

De repente y sin aviso


Ricardo Gutman

De repente y sin aviso, por los pliegues de la botamanga del pantalón, entró un frío cómplice de mi madre que me hizo acordar lo desabrigado que estaba, justo cuando estaba mirando un farol de luz   ( no sé porque lo hacía) pero se convirtió en un improvisado testigo. “ Que chico bien parecido “ decía mi abuela. Si, bien parecido... bien parecido a un semáforo, a un armario, a un poste de luz... ¿cuántas veces decimos cosas así? ¿ por qué hay gente parecida a un poste de luz?.
El Renault 12 me peinó la cola de la campera mientras yo estaba absorto en mis pensamientos siempre tan productivos. Calculé que si no hubiera sido por  la ventisca que entró por la botamanga del pantalón que me hizo correr un pequeño tramo de la calle el auto me hubiera chocado sin ningún problema. Ese es el problema del tiempo y los automovilistas; es solo una cuestión de lógica, de silogismos casi baratos pero que demuestra nuestro grado de subdesarrollo, una cuestión mas o menos así: el conductor mira su reloj; comprueba que esta retrasado y está retrasado porque, confiado en la fiabilidad espacio temporal de su vehículo y su velocidad se da más tiempo para perder en otros lugares; entonces una ventisca parecida a la que hizo acelerar mi paso le recorre toda la médula y aprieta el acelerador, no se conforma, aprieta más, embraguecambioacelerador, rojo, insulto, la misma secuencia otra vez hasta que se encuentra un peatón desprevenido y zácate, una desgracia culpa de un prepotente que no sabe manejar su tiempo. Además la jurisprudencia parece proteger a aquel que posee un vehículo; no así las aseguradoras. Es una cuestión legal y de educación vial muy compleja; tendría que estar en la “C” de la agenda del presidente, la “C” de cuestión de estado.

7.7.11

La terquedad

Ricardo Gutman
Mirá que soy terco. Fuera de joda. Soy de esos tipos que le da la discusión al que se le ponga en frente. Esa actitud me ha llevado a perder valiosos minutos de mi vida con alguien con quien no se puede esperar la menor reacción, la menor modificación, el menor replanteo. Algo así como querer debatir con Macri, alguien que se la pasa hablando de amplitud y consenso pero que no se anima a confrontar ideas en otro lugar que no sea el de los amigos. Claro, jugar de local es más fácil.
Es que íntimamente aquel que debate y discute guarda la esperanza de convencer al otro, de sumarlo, de hacerlo entender. Dentro de aquellos que creemos en las palabras existe una cierta fibra, totalmente personal, que cree que podemos cambiar las cosas con las palabras, que existe una posibilidad para el otro, que podemos hacernos entender, porque en definitiva queremos lo mejor para todos. La realidad nos dice que pecamos de ilusos. No por eso dejamos de creerlo.

5.7.11

Cosas para hacer frente a Las Meninas


Ricardo Gutman

1. Lea algo antes de entrar, no vaya crudo a ver que pasa. El guía es el guía y si bien sabe mucho no le dirá ni un octavo de lo puede saber. Para él usted no es más que otra persona que visita el museo; es muy probable que el guía sea un estudiante becado totalmente flexibilizado en lo laboral haciendo las últimas materias de su carrera, cansado de hacer el mismo recorrido todos los días, convirtiéndolo a usted en algo meramente rutinario.

2.6.11

Cero negativo



Ricardo Gutman
@rickygutman

Vuelvo a decirte, una vez más, para que te quedes tranquilo: estoy bien. Es que no parezca no quiere decir que así sea. Estoy mejor que antes, medilo en años luz si querés. Quisiera poder explicártelo pero no puedo. Juro que no exagero. Es que ya no me como los amagues. Estos días han sido fructíferos en amagues. Todos tienen algo para decirte, todos te susurran algo y siempre te quedás con el que le acierta al diario del lunes. Porque ese es el que hace el diario. Es que ha sido todo tan previsible. Siempre es más fácil con el diario del lunes. No repitas lo que yo dije. Pero hay cosas que se ven venir y yo soy cronista, es mi obligación ver venir las cosas. Y es hermoso. Porque mientras estás a vos no te ven, un extraño privilegio que pesa. Y como.
Pero no siempre te pasan las cosas por el costado. Como esa vez que me abrí la mano de punta a punta por buscar mielcitas. Todavía tengo la cicatriz en la mano izquierda. Casi me desangro. El médico me dijo que estuve a punto de perder la movilidad de la mano. Yo ni cuenta me di. Tenía que buscar esas mielcitas, entendés. Estaban en un árbol a una cuadra de la casa de mi abuela y a tres de la escuela. Era antes de ir a la escuela, en el camino. Las había probado pero conseguirlas era todo un desafío. Era de siesta, antes de ir a la escuela, después de comer. Yo iba con un compañero de grado del cual ahora no recuerdo el nombre. Para llegar a la rama tenía que subirme a un tejido de alambres, de esos tejidos que terminan en punta, oxidados por el tiempo. Estaban altas. Trepé al tejido y para agarrarme bien me sujeté de los alambres que salían para afuera. No eran grandes pero mi mano era chiquita. Hasta el día de hoy me miro la cicatriz, a mano siempre, y me pregunto lo que habrá sido en ese entonces esa cicatriz en esa mano pequeña, siempre ahí, en el medio de la palma.
Alcancé las mielcitas y me fui chorreando sangre hasta la escuela en vez de volver a lo de mi abuela. Mi compañero se asustó, yo le dije que no pasaba nada, lo tranquilicé diciendo que tenía un método para tratar las cortadas que me hacía, que por ese entonces eran considerables y seguidas. Un caminito de gotas nos delataba y yo adelante de cada gota. Siempre fui torpe. Me envolví la mano en papel higiénico y así fuimos hasta la escuela. Igual sangraba. Yo le decía que el agua iba a hacer que parara el sangrado apenas llegásemos a los baños de la escuela. Sabía lo que decía. Ya varias veces había probado el método, lo que pasaba era que las heridas anteriores eran pequeñas, nada comparadas a esta. Yo no sentía nada, simplemente me preguntaba porque no paraba de sangrar mientras la sangre se seguía yendo. El bebedero se inundó de agua ensangrentada, las porteras llamaron a mi mamá urgente y a los gritos y en dos patadas estaba en el médico. Me cosieron a lo guacho, tanto que hoy todavía puedo ver los puntos. Estuve quince días con la mano vendada. Parecía un yeso. Pero las mielcitas estaban riquísimas.
Todo por unas mielcitas. Nunca fui un niño audaz, por eso eso sorprendió. Una conducta inesperada, incomprensible. Como evitar la tentación si todas las tardes, antes de tomar la leche en lo de mi abuela viendo Robotech todos saltaban a las ramas y se llevaban sus mielcitas. Yo también quería. Después, durante mucho tiempo, pasé respondiendo preguntas que me hacían desde la familia. Yo respondí con la sinceridad brutal de un chico de seis años. Algunas respuestas gustaron y otras no. Todo tiene su costo. Incluso las mielcitas. Y esto también es parecido. Estoy bien aunque no lo parezca. Es como esa vez. Así, bastante parecido para serte sincero. Me he vuelto a caer, a raspar, a cortar, pero nunca como esa vez. Esa vez sirvió, fue un aprendizaje real. Fue mucha la sangre que se me fue pero no pasó nada. O por lo menos no me di cuenta.  Desde ese día he tenido una relación amor odio con la sangre. Esa misma sangre que se iba sin pedir permiso es la que doy a todo el mundo cada vez que puedo o me lo piden, aunque pocos puedan darme a mí. No es jodido, a veces te toca una enfermera primeriza y te destroza el brazo y otras veces te tocan enfermeras a las cuales les darías toda tu sangre por esa sonrisa que te ofrecen mientras te exprimen. Que bellas vampiras. Doscientos setenta mililitros, creo que es lo permitido. Soy cero negativo, a mí me sacan medio litro. No te asustes. Estoy acostumbrado.

19.4.11

La Argentina invade California

Osvaldo Soriano
¿Cuál fue la primera potencia del mundo que reconoció a la flamante Argentina de la Revolución? ¿Qué ansias arrastraban a los hombres de la Independencia? ¿Qué fuego delirante les inflamaba los corazones?
Franceses, ingleses, polacos, alemanes y norteamericanos corrieron en auxilio de la joven Revolución que enfrentaba al imperio de España. Todas las ideas, viejas y nuevas, venían a refundarse en estas costas: monárquicos, republicanos, católicos, liberales, anarquistas y aventureros peleaban por amor, por costumbre o por plata. Los hubo solemnes, grandiosos, generosos, chiflados, estúpidos, vanidosos y despiadados.
El más conocido de ellos fue el capitán José de San Martín, de la secreta Logia Lautaro, pero entre los más chiflados y ambiciosos estaba el corsario Hipólito Bouchard.
Como Liniers y Brandsen, Bouchard era francés y como ellos murió de muerte violenta. Fue él quien compró el primer reconocimiento exterior para la Argentina, que todavía se llamaba Provincias Unidas. En su nombre invadió y destruyó la California dominada por los españoles.
Bouchard llegó al Río de la Plata en 1809 en un barco de corsarios franceses. El primer día de febrero de 1811 el gobierno de la Revolución lo nombra capitán del bergantín de guerra 25 de Mayo. Su primera batalla, la de San Nicolás, no es gloriosa: cuando el 2 de marzo oye los cañones de siete naves, Bouchard abandona a su jefe, Juan Bautista Azopardo, se tira al agua y gana la costa a nado con toda la tripulación. En el Consejo de Guerra presidido por Saavedra dirá que los marineros huyeron primero y que él fue impotente para contenerlos. Azopardo, en su diario, se queja de haber sido "vergonzosamente abandonado".

En tierra le va mejor: incorporado al Regimiento de Granaderos a Caballo, el 13 de febrero de 1813 contribuye al triunfo en San Lorenzo: mata de un pistoletazo al abanderado de los realistas y se queda con el pabellón enemigo; eso lo hace criollo y capitán del ejército de San Martín, que lo recomienda a la Asamblea Constituyente. Pero lo suyo es el pillaje y el saqueo, como Drake y Morgan, y pronto va a probarlo. En 1815 manda las corbetas Halcón y Uribe y marcha a reunirse con Brown, que comanda la Hércules. El irlandés lo espera en la isla de Mocha, sobre el Pacífico, para ir a cañonear el puerto de El Callao. Los dos han cambiado: William Brown es ahora Guillermo e Hypolite se ha convertido en Hipólito, súbditos de las Provincias Unidas. En una tormenta Bouchard pierde el Uribe. Brown, en cambio, captura la fragata española Consecuencia y toma prisionero al brigadier Mendiburu, gobernador de Guayaquil.
En febrero, Brown decide asaltar la fortaleza de Guayaquil pero Bouchard no lo acompaña porque estima la aventura demasiado riesgosa. En cambio, le propone un negocio: ofrece el Halcón y diez mil pesos en efectivo a cambio de la Consecuencia. Brown acepta y paga. Bouchard regresa a Buenos Aires el 18 de junio de 1816, en vísperas de la declaración de Independencia que San Martín y Belgrano piden a sablazos. El 9 de julio, "Nace a la faz de la tierra una nueva y gloriosa nación / coronada su sien de laureles /y a sus plantas rendido un león". Pero el problema más urgente es conseguir que alguna potencia extranjera y soberana reconozca ese nacimiento de parto tan doloroso. Rivadavia y Belgrano han viajado a Europa y no lo han conseguido porque están en desacuerdo sobre la forma de gobierno que se darán. Belgrano quiere coronar a un cacique inca y Rivadavia vislumbra una república liberal en la que pueda ser presidente. También San Martín propone un rey. A Bouchard le da lo mismo: ahora es sargento mayor de la Marina, tiene patente de corso y necesita una bandera que sea aceptada en todos los puertos. El 9 de julio de 1817 hace que toda la tripulación de la Argentina grite "¡Viva la patria!" y sale de Ensenada rumbo a Madagascar.
Para seguir su loca carrera es preciso tener a mano un mapamundi: en Tamatava, a la entrada del Océano índico, libera a los esclavos de cuatro barcos españoles y les canta el Himno Nacional para que el ruido llegue hasta Buenos Aires. Pasa por las costas occidentales de la India y entra en el Archipiélago del Sonda donde toca los puertos de Java, Macasar, Célebes, Borneo y Mindanao.
No le es fácil el periplo: en Java la Argentina atrapa el escorbuto y el capitán tira cuarenta cadáveres al mar. En Macasar lo atacan cinco barcos piratas pero en una hora y media de combate Bouchard pone en fuga a cuatro y se queda con el quinto. La batalla le deja siete marineros muertos a los que reemplaza con los más fornidos de la nave capturada. A los otros les ordena rezar y los hunde a cañonazos.
Por fin se acerca a Manila, en las Filipinas. Bloquea la entrada al puerto de Luzón, el más importante del archipiélago, convoca a oficiales y tripulantes al pie de la bandera y les hace una arenga de argentinidad, en francés para los oficiales, en castellano para los marinos. La empresa es espectacular: la Argentina saquea y hunde dieciséis buques mercantes. Bouchard captura a cuatrocientos tripulantes y un bergantín español. Al fin decide ir a China, pero la tempestad lo empuja a la Polinesia, donde va a llevarse una sorpresa mayor. Al acercarse al puerto de Karakakowa, en las islas Sandwich, le parece distinguir una nave conocida: echa ancla y reconoce a la Chacabuco, una de las corbetas de Brown, que fondea con el pabellón de Kameha-Meha, un reino soberano que nuclea a las incontables islas de Hawaii.
Alguien le dice que la tripulación de la Chacabuco, sublevada en Valparaíso, ha llegado extraviada a esas costas y ha vendido la nave al rey. Los criollos amotinados, hartos de mar, penando por caballos y llanura, consumen el botín de seiscientos quintales de sándalo y dos pipas de ron en las tabernas y prostíbulos de Karakakowa. Uno de ellos, por vergüenza o por nostalgia, conserva la flamante bandera de Belgrano.
Bouchard, que ha nacido en Saint Tropez, vislumbra un destino de medallas, honores y pampas tranquilas. En el instante mismo decide llevarse la corbeta y también el primer reconocimiento diplomático para la nación que nace.
Los gauchos borrachos que encuentra en el puerto le cuentan que hay un rey gordo que está siempre rodeado de mujeres de cintura ondulante. Por respeto y sin duda por temor lo apodan "Pedro el Grande de los Mares del Sur". El capitán recupera la bandera y el corazón se le hace todo fuego: averigua, pide, ruega y llega hasta el monarca. Lo que ha saqueado en cuatro mares alcanza y sobra para recuperar la Chacabuco. El rey de Kameha-Vleha acepta la indemnización pero confiesa no conocer la bandera que Bouchard le muestra. En inglés, en francés y en español el capitán le cuenta la gesta sudamericana, las interminables llanuras y los Andes nevados que ha cruzado San Martín. Agrega las selvas calientes del Chaco para conmover al monarca y sin vacilar lo nombra, bajo un sol de cincuenta grados, teniente coronel del ejército de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Ahí mismo le entrega uniforme, espada, charreteras y sombrero de granadero y le muestra un mapa del sur para que se ubique. El rey gordo no se emociona demasiado, pero el uniforme lo divierte y firma un tratado de "Unión para la paz, la guerra y el comercio" en el que consta que Kameha-Meha es la primera potencia del mundo en reconocer a las Provincias Unidas.
Ese 20 de agosto de 1817 el pirata Bouchard empieza a entrar en la historia. Mitre llamará a ese instante de Karakakowa "un triunfo diplomático". Vicente Fidel López, que tiene menos sentido del humor, califica al capitán de "corso del latrocinio".
Pero la irrisoria hazaña de Bouchard recién empieza. En tabernas y fumaderos de Hawaii recoge a los gauchos extraviados, fusila a dos gritones como escarmiento y pone proa a la lejana California. Un delirio de fortuna y grandeza le quema el alma: antes de que a esas costas las ganen los ingleses, se dice, llegarán los argentinos. El 23 de octubre de 1817, con la Chacabuco recuperada y en pie de guerra, zarpa para Norteamérica.
Ahí va Hipólito Bouchard, viento en popa y cañones limpios, a arrasar la California donde no están todavía el Hollywood del cine ni el Sillicon Valley de las computadoras. Lleva como excusa la flamante bandera argentina que ha hecho reconocer en Kameha-Meha, aunque los oficiales de su Estado Mayor se llamen Cornet, Oliver, Jhon van Burgen, Greyssa, Harris, Borgues, Douglas, Shipre y Miller.
El comandante de la infantería, José María Piris, y el aspirante Tomás Espora son de los pocos criollos a bordo. Entre los marineros de la Argentina y la Chacabuco van decenas de maleantes recogidos en los puertos del Asia, treinta hawaianos comprados al rey de Sandwich, casi un centenar de gauchos mareados y diez gatos embarcados en Karakakowa para combatir las ratas y las pestes.
Al terrible Bouchard, como a todos los marinos, lo preocupa la indisciplina: sabe que algunos de los desertores que habían sublevado la Chacabuco en Valparaíso se han refugiado en la isla de Atoy y quiere darles un escarmiento. Manda a José María Piris que se adelante a bordo de una fragata de los Estados Unidos e intime al rey que protege a los rebeldes. Antes de partir, los piratas norteamericanos, que roban cañones y los revenden, dan una fiesta a la oficialidad de las Provincias Unidas: corre el alcohol, se desatan las lenguas y un irlandés con pata de palo comenta, orgulloso, la intención argentina de bombardear la California.
El capitán de los piratas toma nota: en la bodega lleva doce cañones recién robados y si se adelanta con la noticia a Monterrey —la capital de California— podrá venderlos a cinco veces su precio.
El rey de Atoy no sabe dónde quedan las Provincias Unidas, nunca oyó hablar de las Provincias Unidas y teme una represalia española. Piris lo amenaza con la cólera del infierno y el rey, por las dudas, hace capturar a los sublevados entre los que se encuentra el cabecilla. El comandante duerme en la playa y cuando divisa los barcos de Bouchard se hace conducir en bote para dar la buena nueva.
El francés desconfía: en la entrevista con el rey comunica la sentencia de muerte para los sublevados asilados en Atoy y trata, como en Karakakowa, de hacer reconocer a la flamante nación. El rey se insolenta y dice, muy orondo, que los prisioneros se le han escapado.
"Comprometidos así la justicia y el honor del pabellón que tremolaba en mi buque, fue necesario apelar a la fuerza", cuenta Bouchard en sus Memorias. En realidad, basta con amagar. El rey manda a un emisario a parlamentar a la Argentina y lleva a los prisioneros a la playa. Bouchard baja, arrogante y triunfal, les lee la sentencia y ahí no más fusila a un tal Griffiths, cabecilla del amotinamiento. A los otros los conduce al barco y les hace dar "doce docenas de azotes".
El 22 de diciembre de 1818 llega a las costas de Monterrey sin saber que los norteamericanos han armado la fortaleza a precio vil. Bouchard traza su plan: pone doscientos hombres de refuerzo en la corbeta Chacabuco, le hace enarbolar una engañosa bandera de los Estados Unidos y la manda al frente a las órdenes de William (o Guillermo) Shipre.
Ya nadie recuerda la letra del Himno Nacional y Shipre hace cantar cualquier cosa antes de ir al ataque. Están calentándose los pechos cuando advierten que cesa el viento y la Chacabuco queda a la deriva. Desde el fuerte les tiran diecisiete cañonazos y no falla ninguno. La Chacabuco empieza a naufragar en medio del desbande y los gritos de los heridos. Shipre se rinde enseguida. Escribe Bouchard: "A los diecisiete tiros de la fortaleza tuve el dolor de ver arriar la bandera de la patria".
Todo es desolación y sangre en la Chacabuco pero Bouchard no quiere pasar vergüenza en Buenos Aires. Las Provincias Unidas de la Revolución han autorizado a más de sesenta buques corsarios para que recorran las aguas con pabellón celeste y blanco y las presas capturadas son más de cuatrocientas. De pronto, la joven nación está asolando los mares y las potencias empiezan a alarmarse. Todavía hoy la Constitución argentina autoriza al Congreso a otorgar patentes de corso y establecer reglamentos para las presas (art. 67, inc. 22).
Los pobres españoles de California no tenían ni un solo navío para su defensa. Bouchard ordena trasladar a los sobrevivientes de la Chacabuco a la Argentina pero abandona a los mutilados y heridos para que con sus gritos de espanto distraigan a los españoles. Al amanecer del 24, mientras en Monterrey se festeja la victoria, Bouchard comanda el desembarco con doscientos hombres armados de fusiles y picas de abordaje. Lo acompañan oficiales que no saben para quién pelean pero esperan repartirse un botín considerable. A las ocho de la mañana, después de un tiroteo, la tropa española abandona el fuerte y retrocede hacia las poblaciones. A las diez, Bouchard captura veinte piezas de artillería y con mucha pompa hace que los gauchos y los mercenarios formen en el patio mientras hace izar la bandera.
Sin embargo el capitán no está contento. Quiere que en el mundo se sepa de él, que le paguen la afrenta de la Chacabuco. Arenga a la tropa enardecida y la lanza sobre la población aterrorizada. Los marinos de Sandwich son implacables con la lanza y la pistola; otros tiran con fusiles y los gauchos manejan el cuchillo y el fuego a discreción. Dicen los historiadores de la Marina que Bouchard respeta a la población de origen americano y es feroz con la española. Difícil saber cómo hizo la diferencia en el vértigo del asalto. La fortaleza es arrasada hasta los cimientos. También el cuartel y el presidio. Las casas son incendiadas y la Nochebuena de 1818 es un vasto y horroroso infierno de llamas y lamentos. Después del pillaje, Bouchard manda guardar dos piezas de artillería de bronce para presentar en Buenos Aires con las barras de plata que encuentra en un granero.
Durante seis días, sobre los escombros y los cadáveres, flamea la bandera argentina. Los prisioneros liberados de la cárcel ayudan a reparar la Chacabuco mientras los soldados arman juerga sobre juerga a costa de las aterradas viudas de España, episodio que las historias oficiales eluden con pudor.
Tanto escándalo arman Bouchard y los suyos en el tjiorte que el Departamento de Estado norteamericano —cuenta el historiador Harold Peterson— "dio instrucciones a sus agentes para que protestaran vigorosamente contra los excesos cometidos con barcos que navegaban bajo la bandera y con comisiones de Buenos Aires". Sin embargo, recién en 1821, con Rivadavia como ministro de guerra, los Estados Unidos obtendrían un decreto de Revocación de las patentes de los corsarios: "En su forma literal —dice Peterson— este decreto representaba una entrega total a la posición por la cual los Estados Unidos habían luchado durante cinco años".
Para entonces, Bouchard ya había quemado toda California. Después de destruir Monterrey arrasa con la misión de San Juan, con Santa Bárbara y otras poblaciones que quedan en llamas. El 25 de enero de 1819 bloquea el puerto de San Blas y ataca Acapulco de México. En Guatemala destruye Sonsonate y toma un bergantín español. En Nicaragua, por fin, se echa sobre Realejo, el principal puerto español en los mares del sur y se queda con cuatro buques cargados con añil y cacao y veintisiete prisioneros. Esa fue su última hazaña.
Al llegar a Valparaíso, maltrecho por el ataque de otro pirata, Bouchard reclama la gloria pero lo espera la cárcel. Lord Cochrane, corsario al servicio de Chile, lo acusa de piratería, insubordinación y crueldad con los prisioneros capturados. Bouchard argumenta: "Soy un teniente coronel del Ejército de los Andes, un vecino arraigado en la Capital, un corsario que de mi libre voluntad he entrado a los puertos de Chile con el preciso designio de auxiliar a sus expediciones". Sobre las torturas ordenadas, se defiende así: "Que se pregunte por el trato que recibieron los tripulantes del corsario chileno Maipú u otro de Buenos Aires que, luego de apresado, entró a Cádiz con la gente colgada de los penoles".
Pasa apenas cinco meses en prisión. Al salir pone sus barcos a disposición de San Martín y le lleva granaderos a Lima. Ya en decadencia, reblandecido por dos hijas a las que apenas había conocido, se pone a las órdenes del Perú y en 1831 se retira a una hacienda. En 1843, un mulato harto de malos tratos lo degüella de un navajazo. Es una muerte en condicional: los apólogos de la Marina, que le justifican torturas y tropelías, no consignan ese indigno final.

26.1.11

El tipo de la estación


Ricardo Gutman

Llegando a La Banda, 11 de Enero de 2011

El Tete cumplió años en el tren. Veintiocho. Feliz cumpleaños. Esperamos que sean las doce y lo felicitamos. A duras penas pude conciliar el sueño, el vaivén del vagón y el concierto de rieles no sólo dificultan el escribir sino también el sueño. Gran parte del viaje lo pasé mirando por la ventana hacia la noche, mirando la nada si se quiere, de vez en cuando las estrellas cuando el acrílico que escuda las ventanas deja ver, recortado, un pedacito del cielo. Dicen que le ponen esos protectores porque al pasar por las villas cascotean el tren. No sé si será verdad pero me dolió igual al escucharlo. Quién sabe.

El vagón dentro de todo estuvo tranquilo. Ya se sabe que los pibes son pibes y en viajes como estos se vuelven molestos. Pero podría haber sido peor si a los chicos de raros peinados nuevos la merca les hubiese pegado para adelante. Estuvieron tranquilos, incluso hasta durmieron. Yo preveía una noche de guitarreadas pero no fue así. A pesar de todo con suerte pude pegar un ojo, sueños de diez minutos como mucho, hasta que empezó a clarear. Adentro, por decirlo de alguna manera, es todo ruido.
Algo raro había en ese vagón, como si conociese a toda esa gente de algún lado, desde antes.
Antes de que el sol se anime definitivamente ya nos habíamos instalado en el comedor. Pedimos desayunos, yo un cortado con 3 medialunas y Cléber una lágrima con 2 facturas. No pude evitar y felicité al mozo por el equilibrio. Todos unos maestros estos vagos. Miro el reloj y calculé que más tardar al mediodía estaríamos en Tucumán. Todavía faltaban 5 horas de viaje para llegar a destino. Poco a poco nos vamos internando en el monte, los chañares todavía me son familiares.  Me acuerdo del tipo de enfrente del vagón, que va a La banda con sus cinco hijos y su mujer. Fue ese tipo el que nos avivó en Rafaela, en la estación, cuando la gente empezó a amontonarse. Las horas previas antes del tren la discusión era ver que hacíamos, si nos tomábamos el cole o hacíamos dedo. Habíamos quedado en hacer dedo, hoy creo que nos hubiésemos tomado el primer cole de la terminal que nos dejase más cerca de Tilcara. Contradicciones de la vida si se quiere, demasiado pequebú para algunos, cansancio para otros, pragmatismo para otro resto. En esos momentos la aventura todavía estaba latente y si no hubiese sido por ese hombre nos hubiésemos tomado el cole. Con él organizamos la subida, el poco orden posible dentro de ese caos de horizontalidad pasajera sin boleto, sin seguro. El tipo sabía cómo eran las cosas.
Lo recuerdo en un momento de la noche armando los sánguches para toda la familia, sirviendo gaseosa, abriendo las mantas para que los pibes no tuviesen frío, retándolos cuando hacía falta si se ponían cargosos, comiendo último el pedazo más chico. En plena madrugada su nena se lastimó el dedo cuando fue al baño y el tipo fue el que corrió vagón por vagón buscando al médico. La nena lloraba el hombre se desesperaba. Lo imaginé changarín, peón de campo, albañil. Tenía las manos gastadas y duras cuando me fijé en él en el andén de Rafaela. El rostro también lo tenía curtido, de cejas anchas, ojos negros pero a diferencia de las manos había esperanza en esa cara, no sé, el convencimiento de alguien que sabe que las cosas van a mejorar. Lo imaginé un tipo madrugador, con sus vicios si se quiere, pero laburante.
El vagón vuelve a moverse y yo voy terminando el agua que pedí para que el café no me deje empastada la boca. Le pregunto al mozo en donde estamos. “Saliendo de La Banda”, me dice. Seguro que el tipo ya se bajó, pienso para adentro. Mientras volvíamos a nuestro vagón y nos alejábamos del comedor los pibes hacían cola en las piletas para lavarse los dientes. Cuando llegamos a nuestros asientos comprobé que el tipo y su familia se habían bajado. Puta madre. Me hubiese gustado saludarlo.  

25.1.11

Era un piano enorme del tamaño de una sandalia...



Fabio Peralta

Era un piano enorme del tamaño de una sandalia vista por una hormiga colorada bebé. Lo extraño sobre todo era que aquel hombre llevase dicho instrumento sobre el ala del sombrero y no como buen cristiano laborioso al hombro o con una correa al cuello. Lo miré, intempestivo y modesto, quería que me viera, a veces las bocas sin contacto de ojos se niegan a hablar. Noté que noto que yo le miraba por qué se hizo el boludo y se bajó un poco el sombrero para tapar sus ojos peligrando la caída del piano. Y ahí no dudé, guarda hombre con ese piano que se le va a caer. ¿Qué piano? preguntó. Resultó que el hombre no sabía que lo llevaba, me habló de él con la desgracia de a quién lo caga una paloma. ¿Y no se dio cuenta que le cagaron un piano? insisto yo. Y no vio cómo es ahora la gente que las cosas se rompen y compran otras, y vengo de por allá de la zona que abunda en balcones, y me lo han arrojado.
Le pedí si me permitía una de Chopin. Y me regaló el piano lo que confirmó a mi entender de que a aquel le había caído un piano y no se había enterado. Acá se lo dejo. Gracias por avisarme, me hizo acordar a un cuento de un estúpido que leí una vez que decía que hoy por hoy nadie da bolilla a nadie y que podés andar con una gallina en la cabeza que a lo sumo te cagan a trompadas pero no te preguntan cómo llego ni nada, ha sido usted muy amable. Y se marchó. Yo que pensé que el hombre aquel traía en su cara la vergüenza de piano en el sombrero, pero su evitación habrá sido por otras cosas. Ya de lejos noté lo absurdo del caso y le pegué un grito: oiga, ¡¿y cómo sobrevivió a un piano?! Y muy racional me contesto: con los avances de la medicina uno ya está salvado antes de la condena. Sabias palabras dije y le aconsejé que vaya mas cerca de la calle que de la pared mientras le señalaba una maceta recién posada en su sombrero.  ¿También la quiere? dijo. No, ya con el piano es mucho muy suficiente. Y ahí quede en la esquina de Caseros y Alvear, con un piano.

Lo probé. Algunas teclas estaban medias medias. Otras sordas del todo. Levante la tapa para ver como andaba la cosa por dentro. Para no creer: un perro marino pero callejero, yo lo conocía, andaba siempre por acá por el barrio, y ahora estaba ahí, bajo agua, y de las patas le salían tentáculos. Qué carajo ¿existe este espécimen o es efecto de la modernidad? He visto perros policías pero marinos… Y ahí fue que un rayo de sana cordura me habilitó un pase a la buena realidad cruel y me dije, como siempre, o estoy en un sueño o no es más que un cuento de este escritor que se hace llamar con mi nombre. Y para probarlo, gran idea, me propuse tocar Chopin, yo no sé tocar el piano aunque puedo estar tocándolo por horas, me senté y dije ¿cómo era esa?, la gran polonesa brillante, vamos, y toqué cualquier cosa.
Mi desesperación se acrecentó porque si estaba despierto estaba loco. Efectivamente no sabía tocar el piano como en la realidad. ¿Por qué ese perro acuático? ¿Si cerrara los ojos seguiría existiendo todo aquello? Volví a mirar y ahí seguía el can ahora acompañado de una gran tortuga que se comía un enorme pan casero. Va en aumento la cosa, en que mierda puede terminar una algo así. Me sentí molesto no por lo irreal del caso que después de todo es lo de menos, me dolía por que yo había sido quien paró al hombre aquel y le preguntó por el piano, sentía una culpa ingobernable, no solo de lo creado frente a mí sino hasta culpa de sentir. ¿Que he hecho?,¿ porqué me he abandonado?,¿ a dónde y cuándo? Pero que importa. ¿Qué me importaba lo impracticable de un universo así? Sin embargo las gentes pasaban y me hinchaban: tocate una de Beethoven!!! Pero todo era muy pausado para mi, lento, discontinuo….beto…..ben……¿yo soy beto? ¿Para qué me llaman?. No, no sos beto me dijo la voz de mi madre. Mire para todos los lados.¿ Desde dónde me habla? Y si me suicido? Si es un sueño despertaría, como en los sueños. Aunque he soñado que me moría y me veía muerto a mí dentro del sueño así que quién sabe. Bien, me dije, es esto una batalla, cuál es mi flanco, dónde mis armas. Soldado que huye sirve para otra mierda.
Entonces corrí como conejo en cámara lenta. En el aire pensaba como este falso delirio, esta burda copia de un realismo trágico, podía ahuyentarme así…y ya en el suelo: no saber de quién huir, de mí, de vos, de Dios mismo.  No logre hacer unas dos cuadras que una lanza me atravesó. La pucha me dije, justo cuando comenzaba a dominar esta locomoción y en vísperas de pascuas que los niños adoran tanto la coneja que trae huevos. Y se acercó un muchacho, le vi cara conocida, pero con ese conocimiento doloroso de sentirlo desde toda la vida. Habré sido yo en alguna encarnación pasada. El vago me piso la cabeza para hacer palanca y retirar la lanza de mi conejo cuerpo. Que añorado dolor era aquel, un fuego feroz debatiéndose con un frío inminente. La muerte. La sangre me chorreaba. Fui levantado de las orejas y puesto a la altura de los ojos de mi cazador. Creo que ambos queríamos vernos. El me dijo: pobre conejo, pensar que puedo ser vos. Yo solo lo pensé pues los conejos no hablan: efectivamente, para otra mierda.
Fui comido, despellejado, de huesos chupados en caliente estofado, y a pesar, aún estaba allí. ¿Dónde estaba? No era mi cazador pues lo estaba viendo. Y al querer ver mi cuerpo la imagen me giraba en tres sesenta y nada. Yo era un punto conciente en la nada. Bueno, como punto puedo irme a Cayastá a reposar bajo algún sauce, o mirar por debajo de minifaldas sin peligros de moral. Pero no, este punto se movía dónde aquel cazador mío iba. Bien, que me importa si así tengo que estar una vida entera, lo espero a este vago, total tengo todo el tiempo del mundo, pero me gustaría saber que fue de aquel piano, para qué aquellas escenas, por qué causas este efecto? Pero que importa. Al fin y al cabo yo era punto y no más, aunque también pantalla, yo era todo lo mirado, porque del punto no tenía noticia, solo una vaga intuición de que eso era.
En fin. Y allí permanecí mirando a mi cazador hasta que un tiro en su frente lo tumbo de espaldas al suelo. Yo. Punto. Me ubique sobre él y desde arriba lo observaba, muerto. Que ojos tan grandes tienes se me ocurrió decir y me vino la sensación de ya haberlo dicho alguna vez, en algún otro punto. Giré. Quería descubrir la procedencia de aquel proyectil. Solo vi un fusil apoyado sobre un viejo árbol. Busqué más. Intentaba dar con su dueño. Me hacía la idea de un soldado. Pero no. Resultó que el dueño de aquel disparo fue el fusil y no más que él porque enseguida se  vino caminando como lo haría un fusil caminante, se acerco a mi lado y con su voz característica dijo a su víctima: te he estado buscando y por fin te hallo.
Estaba loco aquel fusil hablándole a un muerto. Luego se inclinó sobre el cuerpo en señal de reverencia y allí detecté su falsa identidad pues se dobló por la mitad, inclinando el caño como lo haría una escopeta. Entonces le dije: ¡Ajá! con que sí! te la tirás de fusil pero o no eres más que una burda escopeta. Quién habla, comenzó a gritar el falso fusil, quién está ahí; desesperado, con su mira a todos lados. ¿Por qué has matado a mi cazador, qué has ganado al hacerlo? Y sus gritos se hacían más grandes. ¿Quién habla? de la cara, cobarde, decía en un dejo de calibre simulado. Cuando hablaba movía su gatillo y un aliento a pólvora salía de su caño. Soy yo, le dije, el que soy, un punto invisible a tu lado que no puedes ver, ahora bien, dime, por qué le has matado. Y dijo , pues bien, aunque me sienta como un loco hablando solo, si es necesario para que calles lo diré, fue hace muchos años ya, este hombre y yo viajábamos a todos lados, el sabía direccionarme con precisión y lealtad, sobre sus brazos yo era un niño en los senos de su madre. Andábamos por diferentes tierras, haciendo justicia, matando por piedad, pero un día se arrepintió de todo, y con enojo me arrojó a lo profundo de un río, allí estuve como el salmón remando contra la corriente hasta llegar a un lugar tranquilo, durante años, y llegué a una orilla, me sentí como un iniciado reptil después de tanto tiempo bajo el agua, y mi único recuerdo, mi exclusivo designio óntico era matar a quien me arrojo de sus brazos…
Entiendo, o puedo yo entender, pero ahora dime, ¿te sientes mejor ya? ¡No! gritó en alevosos disparos al cielo, no sé qué he hecho, he cumplido mi fin y advierto que no me completa, me siento vacío, sin balas ni explosiones que ejecutar, siento una extraño culpa ante mis deseos de no querer existir ya… y tu, ¿tu quién eres? No más que un punto invisible en el espacio, fui un conejo que tu victima cazó y comió, y antes solo recuerdo estar parado en una esquina tocando el piano ante un tumulto de gente que quizás por razones de mala ejecución me ahuyentó. Creo que me llamaba bethoven. ¿Y ahora que harás, tienes pensado seguir viaje a algún lugar?, sabes por qué te lo pregunto, porque desde que este hombre me dio caza he permanecido frente a él, inmutable, esperando paciente su  muerte para así volver a gozar la esperanza de una libertad, y llegas tú, y das su muerte, y creo que ahora permaneceré frente a ti otra eternidad pero con una radical diferencia, a mi cazador era en vano hablarle, él era sordo a mis palabras, quizás por motivos dimensionales, pero tu si puedes oírme y, a pesar , mas haya de lo desafortunado del caso eres mejor compañía.
Yo no quiero estar contigo dijo soberbio el fusil, mi camino y mi destino son propios y no te pertenecen, yo soy la soledad, no admito compañías ya, así como no soportaría que otra persona me cargue en sus brazos para ejecutar disparos en vano pues ahora soy libre de poderlos yo mismo ejecutar, tampoco admito compañías por que insisto, yo soy la soledad… jajaja, me le reí con sincero amor, si que serás una buena compañía, demasiado literaria para mi gusto pero que mas da, y ya entenderás, como yo lo vengo haciendo, que toda libertad ganada parece ser la compañía de algo o alguien más.
Fusil giró y a paso de arma enfiló por un estrecho camino zigzagueante que se perdía por un bosquecito de finos y altos árboles. Si yo hubiera podido decidir algo. Pero al parecer la presencia viva de algo frente a mí me imantaba. Así fue que lo seguí, silencioso, expectante de su presencia y el camino. Al atravesar el bosque aquel, que no nos llevo más de unas dos horas,  difícil determinarlo en tal estado, pero lo supongo por la marcha de fusil, dimos con un lago, tan redondo como un estanque y no más grande que un charco visto desde las nubes aquellas mas allá. Fusil torció su caño y bebió con loca sed. La escena me movió a romper el silencio: ¿y toda esta agua no te tienta a volver a ella? Sigues ahí- me contesto decepcionado- tuve la esperanza de que fueras solo una ilusión pasajera, una aparición santa ante una muerte tan anhelada, y tu, ¿quisieras volver a tocar el piano? Tenia razón, de nada sirve volver simplemente unos pasos atrás, con la frente marchita y las nieves del tiempo plateando mi ser, entonces dije: si a mí me preguntaras te diría que no quiero nada, ni esta nada que soy, y todo por la terrible sospecha de que mi destino, transformación constante, solo necesite de esto para perpetuarse, seguir y seguir en la eterna mutación; antes cambiaba de cuerpos, en ellos reposaba y podía beber agua como tú, o sentir el viento en mi cara, o recibir una lanza en mi pecho como ayer, ahora, la condena parece haber virado su rumbo pero en esencia es lo mismo, si antes habitaba cuerpos ahora los presencio, y por eso te digo que quizás, así como presencié a aquel cazador con la intuición de haber sido él, puede que yo ahora sea tú también, pero quien sabe, quizás lo mejor sea hacernos al silencio.
Si dijo fusil, al silencio, callar por un momento tanto agónico deseo de vivir algo supremo que no reclame nada mas, ya entiendo tu condena , y tú sabes la mía, ahora marchemos en silencio, prometo no ser por demasiado tiempo tu piedra en el camino. Y así, seguimos rumbo, convoyados por un sol nunca jamás tan amarillo

30.12.10

Ojos de videoclip


Ricardo Gutman
Me dormía. Parecía raro, hacía un rato estaba poseído por la euforia, llegué a Pekos y me tiré en una mesa, esa que está en la ventana. Para coronarla se largó a llover. Duró poco. Por lo menos había hecho lo que tenía que hacer. De un tiempo a esta parte ya no tengo vida. Voy de un lado a otro y diciembre ha sido una furia. Todo junto, a último momento. Y siempre esa sensación latente y constante de que estás al borde de que te puteen. Pero nunca pasa. Lo que molesta es la sensación en sí, sentirla todo el tiempo.

Me pedí una lata de Quilmes y me senté, me puse los auriculares y me quedé. Me dormía. El Daro se sentó un rato pero era sábado y el bar laburaba. Tomo lento. Muy lento. Y la lata se calentó. La lluvia duró un pestañeo. El viento comenzó a moverse, las hojas que le quedan al árbol raquítico que está frente al bar empezaron a moverse. Acá no hay árboles. Acá no hay sombra. Ni siquiera de noche. Ni una sombra decente. Me sorprendió que alguien haya pedido un café con el calor que hacía.
Al costado una pareja tomaba cerveza. Supongo que recién se estaban conociendo, había mucha vergüenza, mucho pudor en las caras, en los movimientos. La chica estaba como esperando algo. El chico también. Se los notaba expectantes, como esperando ver cuando el otro hacía un movimiento decisivo que corriese ese velo. Se gustaban. O al menos eso parecía. O quizás ni una cosa ni la otra. Quizás fuesen amantes. O quizás fuesen de otro lado. O las dos cosas. O las tres cosas. Quién sabe.
Y al mismo tiempo era como si estuviesen solos. Nadie los miraba. Hice como que no los vi. Miré la hora. Para mi pesar todavía era temprano. Darío volvía a colocar en su lugar las mesas y las sillas de plástico en la vereda. Linda noche, incluso con la lluvia a cuestas. Se había puesto fresquito. Estaba escuchando algo que no me acuerdo, me saqué los auriculares y me dispuse a tomar los últimos tragos de la lata, ya a temperatura ambiente. Puse sobre aviso al negro de que me iba a dormir. Fui a la barra, nos pusimos de acuerdo con el Daro y salí. Afuera estaba más fresco que adentro. Había un viento lindo.
Salí sin rumbo fijo aunque la idea era llegar a casa, tirarme en la cama, dormir y con suerte despertar el domingo al mediodía aunque nunca lo haga. Busqué en el directorio de música del celular, puse Bend and Break de Keane y salí a caminar con la intención de llegar a casa cuando fuese necesario. No sé porqué pero ese tema me hace caminar con la cabeza erguida y como si fuese un tic sonrío porque sí. Debe ser el piano. La noche estaba linda. Si levantás la cabeza ves las luces. Y si tenés suerte hasta las estrellas en una noche nublada.  When you, when you forget your name/ When old faces all look the same/ Meet me in the morning when you wake up/ Meet me in the morning then you'll wake up. La lluvia había hecho que todos se escondiesen y empezasen a salir. Un desfile de luces comenzaba a poblar Caseros. Yo caminaba lento como para ver el proceso.
No veía a nadie. Tranquilo tarareaba la canción en mi rudimentario inglés. Usualmente ocurre muy seguido. Camino y no veo las caras, pasan y no las veo. Es algo totalmente involuntario, como caminar entre corrientes de viento. Las luces de los autos y las motos encadilaban demasiado, como cuando mirás fijo al sol o venís caminando de siesta y entras a tu casa y no ves nada apenas abrís la puerta. Algo así. Todo junto. Imposible ver así. La cabeza siempre en otro lado. If only I don't bend and break/ I'll meet you on the other side/ I'll meet you in the light/ If only I don't suffocate / I'll meet you in the morning when you wake.
El viento empezó a hincharme el pecho mientras una tímida euforia, parecida a la que hacía una hora me poseído, subía a medida se sucedían los pasos. Nada del otro mundo pero constante, regular. Crucé la calle entremedio de las luces de los autos, y bordeé la pared amarilla del Nación, primero por Caseros y después por Alvear para entrar en la sombra que viene siempre después del Ficus ese camino a la plazoleta. A lo lejos se veían los autos estacionados. No escuché música, mis auriculares estaban muy altos.
Cómo cambiaría la cosa si la vida tuviese banda de sonido. Diferente sería si, por ejemplo, a la hora de besar a la chica indicada sonara la canción esa que suena en Romeo y Julieta cuando Di Caprio ve a Claire Danes por primera vez a través de la pecera. No pido a la piba vestida de ángel con hermosas alitas en su espalda y una media cola en el cabello porque para ser justo no soy Di Caprio vestido en armadura de caballero pero ponele que si sonase la música en ese momento indicado vos sabrías que acá está la posta y te ahorrarías el trabajo de seguir buscando y metiendo la pata infructuosamente. Sería como una pista que la vida te tira diciéndote “ya está boludo, no jodas más, ésta es”. Sería cuestión de estar atento a escuchar la canción correcta. El problema sería si la misma música la escuchasen, digamos, unos cinco pibes al mismo tiempo, ahí se arma un tole tole que ni te cuento pero a esas alturas lo que se cocina es otra cosa.  Quizás al pibe que tomaba la cerveza con la chica en el bar de Darío le faltaba escuchar la música indicada. O a lo mejor escuchaba algo que no le gustaba. Suele pasar. Quien sabe.
Y así podríamos seguir ad infinitum con miles de temas y con miles de situaciones tan similares como contrarias a las ya expuesta porque los universos musicales lejos están de agotarse aunque en la radio siempre se escuche lo mismo. Dee solo pensarlo cansa. Lo cierto es que las cosas desgraciadamente no son así y a la vida hay que ponerle onda. O arreglársela como uno pueda. A esta altura la caminata se había convertido en un videoclip pero superlativamente mejor porque en un videoclip no se puede sentir el aire en la cara, la continuidad ausente en su lenguaje, los pantalones rozando la rodilla, el envión de los brazos al caminar. Época multimedial si las hay, te la regalo, unos auriculares y la cosa cambia.
Las luces de  la vereda empiezan a dibujarse a medida que los trenes quedan atrás, allá abajo, detrás del tejido de siempre. Los vagones a oscuras cuadriculados están inmóviles  y alguna que otra linterna que se mete por ahí, entre los engranajes  Bitter and hardened hearth/Aching waiting for life to start/Meet me in the morning when you wake up/Meet me in the morning then you'll wake up Desde acá todo es más chico. Ahora la vereda que es un paseo se abre a medida que bajás las escaleras, es un camino de luces lleno de viento. De noche los árboles son majestuosos. Un viento que no es el de arriba te acariciaba. Y yo, caminando, como si nada. Un caminito de luces. No pienso en nada. Contento, así de simple, sin nada que decir. Una alegría simple con cara de estúpido sonriendo por nada. La avenida está desierta. Ni perros hay.  If only I don't bend and break /I'll meet you on the other side/I'll meet you in the light/ If only I don't suffocate/I'll meet you in the morning when you wake, y yo camino tranquilo, siguiendo los faroles, con el pecho hinchado de no sé qué. Crucé la calle sin mirar a los costados. Una moto me pasó por detrás. Sin darme cuenta llego a mi casa, me prendo un pucho en la galería del tío Roberto. Algunos autos doblan por la avenida y se van quién sabe a qué lugar. El trayecto hasta acá se perdió y me saco los auriculares. Se me fue la música y se me acabó la magia. Sin llamarlo el Negro estaciona la camioneta en frente de casa casi al final del cigarrillo, con telepatía. Me pregunté que habrá sido de la parejita que tomaba cerveza en el bar de Darío. Miré la hora. Me desperté.  I'll meet you on the other side y me fui.    

2.12.10

Manhattan no es lo que creía

Ricardo Gutman

Agitado domingo con ruido a puertas, con ruido a aberturas. Si tan sólo la puerta se quedara quieta y nadie entrase trayendo nada ni preguntando cosas que se olvidarán apenas crucen de nuevo. Si nadie entrase, si nadie molestase como lo están haciendo estaría más tranquilo, les juro, por lo menos me quedaría en el molde. Si nadie entrase no pasaría nada. Un poco de paz no más, un poco de quietud. Yo, la pieza, la cama y una película.
La ventana se sacude de acuerdo al deseo de la puerta, si la puerta se cierra la ventana se abre, si la puerta se abre la ventana se cierra y cada vez que lo hace la ventana se estrella contra su marco, oscureciendo la pieza, llenándola de tierra y cosas que vienen de afuera.

Tirado en la cama intento ver Manhattan, intento entender Manhattan, intento entender algo o dormirme, quien te dice, lo primero que pase. Miro a Guillermo dormir pacífico. Me tendría que haber emborrachado, haberme acostado ya salida la mañana del domingo y tirarme así hasta las tres, cuatro de la tarde, sin pensar en mucho, roncando al por mayor, con la boca abierta.  Pero ya no me puedo emborrachar porque no me aguanto al otro día, ya ni siquiera puedo tomar un porrón como la gente sin que al otro día me pese la cabeza, ya no me puedo emborrachar ni con amigos, menos que menos sólo, ni discutir de estupideces y mujeres que a lo mejor, quizás, se hubiesen dignado en alguna noche como la de esa vez en Esperanza darnos bola a nosotros, los mismos de siempre, los antisociales, los tipos que nunca entenderán a las mujeres.
Guillermo duerme pacífico, tirado en toda su largura o su extensión, cruzado en diagonal sobre el colchón para entrar en la cama, y todos que entran y salen en la mañana del domingo feriado largo, ni siquiera en feriado largo. Si siguen así se van a  comer la puteada de su vida. Pero todos entran creyendo que hacen un favor y te miran y te das vuelta porque si los mirás los escupís, ni siquiera en feriado, ni una puta vacación de porquería entendés, ni tres días miserables.
Y el que entra te saluda como si te hiciese un favor y la panza te entra a picar pero no es hambre y te entrás a desesperar porque sabés que no te vas a mover de ese lugar. Si tan solo alguien engrasara las aberturas. Te estás poniendo nublado. Llové de una vez, déjame abrir las ventanas siquiera. O que queden abiertas, que importa, pero que se queden en un lugar. El ruido del ventilador de pie enloquece. Y la puerta que no deja de abrirse ni de cerrarse. Y el Guille que sigue ahí, dormido en diagonal de tan largo que es, sin inmutarse. Siempre fue así, desde pendejo. Siempre durmió más que yo. Desde cuando teníamos cuchetas. Manhattan no es lo que creía. Ni Woody Allen. Lo prefiero en otras como Love and Death. En Manhattan es muy patético. Un gil. Pero me hace reír. Conozco tipos así. Después se arrepienten.
Aunque no parezca necesito unas vacaciones pero como nunca me puedo ir siempre me quedo acá, en este lugar que es la vacación de los demás. Algo así como vivir en Bariloche. Entonces es como si nada. A veces haría un cambiazo. No es que no los extrañe, es que yo también necesito irme. A tirarme unos días en San Javier, en unas de esas cabañas al lado del río que dicen que son tan lindas, comer pescado todos los días, con un vinito fresco en una reposera. Cuando me invitan a San Javier o algunos de esos lugares todos me quieren llevar a pescar. Sinceramente, me importa un pito pescar, no lo hago desde que le ensarté el anzuelo a Mariela en el dedo gordo derecho. Mi tío quería enseñarme a lanzar la línea. En la Dorca creo que era. O en algún puente al lado de la ruta. No me acuerdo. Recuerdo que Mariela volvió puteando con el pie colgando de la ventana del auto, mi tío puteando por el accidente y mis hermanos que no puteaban pero que me miraban con esa cara de haberles arruinado algo hermoso. Desde ahí nunca más. Para qué, siempre me mando algo. Nunca fui a San Javier. Tampoco a Manhattan. Iría a cualquier lugar. Necesito unas vacaciones.
La puerta se vuelve a abrir. El Guille hace como que abre los ojos por la claridad que entra. La abuela pregunta algo mientras sigo tratando de escribir algo decente. Le digo que el Guille duerme. Ni siquiera sé lo que me preguntó. No quiero irme de mambo con nadie, estamos en familia después de mucho tiempo y no quiero que se me salga la chaveta. Pero no sé por qué todos entran y salen del dormitorio. Me está subiendo la temperatura. Ellos no tienen la culpa. Seguro. Yo necesito unas vacaciones. Ojalá lloviese.

16.11.10

Peko´s


Ricardo Gutman


Me vendría bien una luz. Arriba. La gente habla del tiempo. El Chiche dejó su bicicleta en el poste de luz, como siempre, y me saluda mientras me jode porque le gané el lugar, al lado de la ventana. “Te apèrsonaste el escritorio” me dice después de saludarme. Me rio porque no se me ocurre otra cosa mejor. Rarao que el Chiche venga a esta hora, ya es tarde, usualmente viene más temprano. Quizás habrá estado en el Central, mirando los partidos. Quizás jugó River. Y Darío que no pone un televisor. Pintó todo, quedó espectacular, pero no puso un televisor. En el fondo los vagos juegan al pool. El Gino bardea a todo el mundo, como de costumbre. Darío se frota las manos atrás de la cafetera rota que en cualquier momento manda a arreglar. Ya encontró el punto de la noche. Ahora el Gino empieza a agitar por guita al pool. El foco de la calle se apaga por un momento y vuelve con su luz amarilla. Mi mano entorpece la luz y la sombra se proyecta en el papel. La gente sigue entrando y saliendo del lugar. El Puchi me pregunta que voy a hacer. Todavía es sábado. Yo le contesto que nada mientras escribo esto. El Puchi se queda parado, esperando una mejor respuesta, una mejor argumentación, mientras me mira escribir. Le explico que no tengo un mango, el me dice que está igual. Yo pienso en la imposibilidad de dejar de decir lo mismo de siempre. Estoy harto de no tener guita y encima repetirle a todo el mundo que no tengo guita. Para peor, el Gino ganó y lo busca al Oscar. El Oscar va a la mesa sin decir nada, acomoda las bolas tranquilo. Ya el sábado pasó a domingo. El Oscar gana. El Gino empieza a putear y le echa la culpa a la mesa. Empezó el show. Desde atrás el tipo me putea con más ganas que antes porque desde el otro lado del bar me río de los insultos y las excusas. Darío le dice que ya va a cambiar la mesa, que espere tranquilo. El problema del pibe es que no cree que pueda perder. Porfiado pide la revancha y el Oscar se la da mientras tira bandas con la blanca sacándose la bronca, echándole la culpa a la mesa, a las bandas, a la caída, al Darío, al Oscar, a lo que se cruce primero.
Me vendría bien una luz, bien arriba, amarilla, no importa, pero que no me haga sombra mientras escribo, fantasma negro que persigue la tinta. El Negro me manda un mensaje diciendo que no va a venir, que comió mucho y chupó mucho al mediodía y le cayó para atrás. Lo perdono y le deseo Felíz Día. Ya es el día de padre, otro día que ya no festejo. El Gino le gana al Oscar y todo el bar se entera. Le gana pero deja el taco y se va atrás de la barra. El Oscar se puso a jugar con el Chiche, que ya empezó a cebollear sin tocar el taco. La misma costumbre de siempre. El negro me contesta el mensaje y me pregunta que voy a hacer esta noche. Le contesto que nada. El Darío me dice que sale un rato y que ya vuelve y me deja la billetera. Eso quiere decir que estoy de “encargado” palabra absolutamente referencia porque acá todos se sirven por su cuenta y después pagan. Sólo tengo que rogar que no llegue nadie nuevo, nadie desconocido que atender. Estas cosas me ponen nervioso. Yo no nací para atender bares, yo nací para frecuentarlos si se quiere. Siempre me mando una cagada, se me rompe un vaso o algo por el estilo. No sé que habrá pasado. Y ya se hizo costumbre. No sé hasta que hora estaré clavado acá. Mas bien siento que me clavan, que me obligan a quedarme aunque no me quiera ir. Pero no le puedo decir que no a Darío. Quien sabe por qué habrá salido. Afuera la gente pasa y mira, mira y sigue. El teléfono suena y mi vieja me pregunta si voy a comer. Le digo que me guarde algo frío, que cuando llego como, que no importa. Darío volvió. Esta vez fue corto. La máquina de café, la que anda, empezó a calentar. Uno de los vagos prendió la cafetera apenas llegaba Darío. Le digo que me haga otro café. “Ya sale” me dice. Ya sé lo que quiere decir eso. El Tito pasó saludando rápido y se fue para la barra, al lado de Los 4 Fantásticos, que todavía hacen la previa . Esta es la hora que tiene algo de raro: parece que nunca hay gente pero Peko´s es el bar que más trabaja. Miro para atrás y pienso que si quisiese contar cada historia de cada persona no podría, no me alcanzarían las lapiceras y los papeles. Una sola persona ya me frustraría. El Gino pide que Darío le anote una cerveza. “Menos mal que agitás por plata al pool” le grito desde el lugar del que no me moví aunque los muchachos llaman desde el fondo. “Callate guampudo, horrible” me responde el Gino, mientras se viene a la mesa con la cerveza que Darío le acaba de fiar. Se sienta en la otra silla, le pide al Darío que le traiga otro vaso y me sirve cerveza. No me dice nada y me mira escribir. Me dice que me tiene que contar algo que no tiene que saberse. Le digo que cuente con confianza. Lo escucho. “Bien” es mi única respuesta. El Gino no me dice nada por un rato y yo vuelvo a escribir. Me pregunta que voy a hacer esta noche. Le digo que nada, que me voy a quedar acá hasta que me canse. El Gino se va a bañar y augura que nos veremos en un rato. Le acepto la mentira. Apenas el Gino sale por la puerta del bar Los 4 Fantásticos dejan la barra y van para la mesa que está al lado. Yo cierro el cuaderno y me apenco a la mesa porque acaba de empezar otro show. Después dicen que acá no pasa nada.
    

8.11.10

Como nos traicionó la vida Negro



Ricardo Gutman 
La vida avanza. La vida avanza y poco a poco te muestra las cartas. Puta madre. Tres tipos en una mesa de un bar gritando a más no poder, solos en la madrugada. Otra madrugada más. Otra madrugada igual, o casi igual.  “Como nos traicionó la vida” pregona el Tano a eso de las cinco de la mañana. Los envases se acumulan en la mesa redonda, incómoda, y cada vez hay menos espacio. Nunca la pegaron estos tipos con los muebles. Ya no es posible ser como antes. Ya no da el cuero. Si para ser Bukowski habría que llevar una vida acorde voy muerto antes de jugar. No nacimos para rockstar. Gardel hay uno solo muchachos. Uno solo. El resto es perrada. El camino del exceso es sólo para los elegidos. Y acá estamos, el Negro, el Tano y yo, a las cinco de la mañana, haciendo como que no importa, acumulando envases que en cualquier momento se van a caer, sabiendo lo que espera una vez que nos vayamos de acá, intentando dormir o algo parecido, yéndote un rato.  Y recién es martes. Y a ésta hora está todo cerrado. La mesa baila entre el desnivel del piso, cubierto de colillas de cigarrillo. Estamo frito angelito. A esta altura ya no es triste. Es patético. Hace rato que tendría que estar durmiendo, mañana está el trabajo que pedí durante tanto tiempo y que ya no aguanto. Me he vuelto predecible, tan predecible que ya podría afirmar a que hora me atacará la tos de la mañana. Pero acá estamos, a las cinco de la mañana, riéndonos para no llorar, sabiendo que todos fuimos un deseo, una posibilidad, otra cosa, pero riéndonos al fin. Y creo que por ahí se nos cuela la rebeldía que nos queda. El Tano parece haber encontrado un axioma y lo repite tanto, hasta el cansancio, que la verdad revelada ya no es más que un tic, ya no es más que otra frase articulada por tres borrachos contagiados en el filo de la madrugada de algo más grande que no entienden y que se pierde en el aire. Mañana la olvidaremos o quizás la recordemos y nos dará vergüenza saber que hemos llegado al quid de la cuestión por casualidad, por error, porque la cosa pasa por otro lado. Pero ahora la gritamos a voz de cuello porque en el bar no hay más nadie que nosotros. Estamos jugados. Y a los gritos el Tano va a buscar otra cerveza al freezer. “Como nos traicionó la vida Negro, como nos traicionó la vida” grita el Tano mientras yo no digo nada, como siempre, sin nada interesante que decir. El Negro se ríe. El gas se escapa de la botella. Afuera no pasa nadie. No esperamos que nadie llegue. Y un silencio inesperado se sienta entre nosotros. “Sin espuma para mí” le digo al Tano rompiendo la quietud, recostado en el espaldar de la silla, fumando el cigarrillo número cien de la noche que empezó temprano, allá por las nueve. El Negro le dice al Tano que cambie la música, que ponga algo más movido. Yo ya estoy enteramente entregado. Ellos se irán a dormir en un rato y controlarán sus vidas, sus horas, sus responsabilidades. Yo he llegado a la casilla en la que las responsabilidades lo controlan a uno. Yo ya no voy a dormir porque sé que no me levanto. Las horas se me han ido. El Tano sabe lo que dice cuando dice que la vida nos traicionó. Nos hace un favor a todos porque sabe que no es así. Creo que lo dice a propósito, como mantrándola. Pero igual la gritamos una vez más, total que más da, nada va a cambiar en estas horas que nos quedan hasta que salga el sol. Podríamos haber sido lo que quisiéramos pero somos lo que somos y los tres sabemos por qué. La noche nos hace precio. Un perro pasa por la vereda y se nos queda mirándonos por los ventanales. Los tres nos reímos y el perro se echa al lado del ventanal que eligió para mirarnos, se da vuelta y queda como vigilando la vereda. “Tenemos seguridad” digo yo. El Tano sale a la vereda y le dice al perro que pase. El perro ni se mosquea. “Éste está más acompañado que nosotros” dice el Tano desde la puerta mientras se lleva el filtro del cigarrillo a la boca. El perro tiene mirada de perro, esa mirada que tienen los perros como pidiendo algo, esa mirada que tienen los pibes y las personas tristes y los borrachos crónicos que se pueden ver acodados en las barras de los bolichones. Pero este perro no suplica y en cierta medida tiene más dignidad que nosotros a esta altura de la noche que se va de a poco. Afuera está fresco dice el Tano pero nadie hace el más mínimo esfuerzo por salir del calor de adentro. El Tano nos increpa desde fuera y el viento le hace flamear la remera. Está más flaco de lo que parece. Salimos. Dos viajes para llevar el envase y tres vasos. Nos sentamos en el ventanal, al lado del perro, con cuidado de no romper el vidrio ya roto mil veces. Un móvil de la policía pasa por la calle y nos miran desde adentro. El viento está hermoso y nos despabila la cabeza y los pulmones. El sol empezó a despuntar a nuestras espaldas pero hemos jurado no movernos hasta que el perro se levante.

30.8.10

La juventud está perdida


Ricardo Gutman

Hacía mucho que no salía. No soy de los boliches, soy de los bares. En los boliches hay mucha gente junta, prefiero Pekos, donde me dejan programar la música, o Picasso cuando el negro se pone las pilas y pasa esas selecciones de los 80 y los  90. Sí, me quedé en el tiempo, del 2000 a esta parte no conozco mucho, del 2000 para atrás tampoco. Es que hay tanto y tan bueno que todavía no llegué, musicalmente hablando, hasta esos tiempos. Podrán decir lo que quieran, que el 80 fue una década peleada con la estética y que los 90 fueron medio down, para abajo, entre tanto grunge y neoliberalismo y desocupación y la comadreja. Pero los que ya estamos pisando los treinta años y algunos que ya los pasaron por poco tenemos algo en común si hablamos de música: nosotros tuvimos educación musical, tuvimos la suerte de escuchar buenas bandas, una época plagada de buenas bandas y de músicos legendarios. Y eso es mucho. También estaba Jazzy Mel, pero bueno, son cosas que pasan.

Recuerdo una anécdota particular: como fue costumbre en mucho tiempo, yo trabajaba de noche en el kiosco 25, ese que estaba abajo de la pasarela, que funcionaba veinticuatro horas. Mi turno era el más feo de todos salvo por los sábados hasta las dos de la mañana en que las chicas pasaban a comprar puchos y chicles de paso al boliche. Todos los días de 22 a 6, salía del instituto y me iba para el laburo. Fue una buena época, llevaba la carrera al día y cuando terminaba las cosas que tenía que hacer escuchaba al Negro Dolina que todavía estaba en Continental, costumbre que me quedó de Santa Fe gracias al Chino y a Hernán Boggino, amantes del metal y fanáticos de Metallica. De Santa Fe también me traje Héroes. Pero el Negro se terminaba y había que esperar hasta el otro día para volver a escucharlo, eso si se tenía suerte y los vientos me dejaban captar la señal de la radio, bastante débil por esta zona.
Trabajar de noche te cambia todo y te tenés que acostumbrar, en el caso del kiosco, a trabajar solo; entonces, por obligación si se quiere, hay que llenar el tiempo. Una vez que Dolina se iba quedaba un horrible espacio vacío que había que llenar. Estaban los libros, que siempre acudieron en mi ayuda, y después un programa de AM Ciudad de Buenos Aires de un tipo que leía libros durante la madrugada. Una semana leyendo un libro por radio, si eso no es resistencia no sé que es. Porque hay que hacerlo, no cualquiera se anima.
Después de las 12 la noche se hace más lenta, por más que estén los libros al lado las horas, que dicen tener sesenta minutos al igual que las otras, duran el doble por lo menos. Las tres de la mañana es la peor de las horas, la mitad de la madrugada, allí las horas no corren nunca. Mientras tanto hay que llenar la madrugada.
Como después de las 2 de la mañana no iba nadie al kiosco varias veces ponía la FM del Pablo, la Full, que pasaba una excelente selección de rock and roll y me ponía a cantar con mi voz de ganso a más no poder, no sé si para despertarme o para darme el gusto. Una noche como esas yo me encontraba cantando en un inglés más patético que el de Roberto Kennedy Dulce niña mía, de los Guns (parece que no pero es necesario aclarar), absorto en tratar de imitar el tono de Axel y tratando de emular en el aire sin el más mínimo atisbo de acierto el punteo de Slash, de espaldas a la ventanilla. En unos de esos movimientos ondulatorios que hacía al ritmo de la guitarra descubro a un pibe que miraba desde afuera, medio confundido y medio tentado de ver a semejante estúpido ofreciendo ese espectáculo a las tres de la mañana. En medio de mi bochorno pedí disculpas y pregunté que quería. El vago quería puchos. Me cargó un poco por mi espectáculo y me sorprendió cuando me preguntó qué estaba escuchando. Yo creí que me seguía cargando pero el tipo no sabía que estaba escuchando. Me llamó la atención porque tenía una remera de La 25. No conocía a los Guns. No podes no conocer a los Guns, pueden no gustarte si querés, te lo respeto, pero de ahí a no conocerlos o ni siquiera saber que canción es Dulce niña mía…. Pocas veces en mi vida me enervé tanto. Empecé a nombrar bandas para saber si el vago las conocía y nada, es decir, estuve hablando una media hora de bandas que me gustaban, yo que no sé nada, que no puedo pasar de decir que me gustan, con floja argumentación si se quiere, recomendando trabajos, canciones y videos. El pibe me escuchó. Después no supe que fue de él, si me hizo caso o si siguió poniéndose remeras de rock. La noche se acortó un rato, pero todavía me quedaban dos horas. La juventud está perdida, señores, está perdida.
Pero volviendo al tema, el sábado salí. La noche empezó temprano, en Pekos, donde uno puede encontrarse con gente especializada en música. Hay expertos en todo, solo es cuestión de preguntar. Desde el dueño que es una autoridad en Miguel Mateos pasando por Germán y su conocimiento de Sumo y Las Pelotas, Cóndor y su sapiencia en Sabina, el Chino Avila, enfermo de Soda, cuando va con el Puchi, experto en Cacho Castaña, Dyango y Cali, el Viru y la música electrónica, todo eso sin contarlo al gordo Mariano, que hace mucho que no lo veo. Diversidad garantizada. Después fuimos a la casa del Puchi a comer un asado, una pequeña previa y salimos con Martín para Picasso. Afuera nos recibieron el Tito y Joselo, nos dijeron que los esperásemos, que Joselo le iba a mostrar la casa al Tito que no la había conocido porque había estado en Salta el último tiempo. Nos sentamos en la barra. De pasada la vi, de reojo, y me pareció muy parecida.
Nos acomodamos en la barra, el Rolo nos trajo una cerveza, yo serví los vasos y para mal mío me senté de frente a la barra, dándole la espalda a todo el bar. La piba estaba sentada en una mesa con otra chica, tomando unos tragos. Yo no dejaba de girar la cabeza y creo que ella se dio cuenta. Era muy parecida, que querés que te diga. No sé quien era pero si me hubieran puesto un chumbo en la cabeza hubiera asegurado que era ella. Pero no era, de eso estoy seguro.
Era igual a ella. No importa si era ella pero le tendría que haber dicho gracias, agradecerle haberme hecho recordar todo aquello que había olvidado. Fue un rato no más, lo que duró sentada en esa mesa mientras yo giraba la cabeza para volver a mirarla y los lentos minutos posteriores a los que se fue, los vasos sucios sin terminar, los cigarrillos en el cenicero. Por unos momentos estuve unos quince años atrás y empecé a recordar, a recordarme. De Kurt, de nuestros pantalones rotos, del gusto por las camisas leñadoras que hasta el día de hoy conservo, de las tardes eternas en la casa de Gonzalo escuchando La Renga, de Fabio y del Chapi con los Red Hot, del Kuta y los Les Luthiers en ese TDK negro que ya es leyenda, del Chano y del Che y de ese poster de Charly que le conseguí en Santa Fe en medio de una pegatina, de los viajes a La Verde, del laguito, de Miriam, de Jorge y del kiosco, de las siestas, de ese amor platónico de toda la secundaria, de las primeras pequeñas traiciones, de Los Tero Di Carlo, de las miles de estupideces que nunca me arrepentiré, de mi constante afirmación de que sería abogado y de cómo eso me marcó para el resto del viaje, de mi extraña capacidad para tomar las decisiones equivocadas, de Gogol y todos mis miedos, de esa eterna pregunta sin responder de porqué siempre que piden en la radio  un tema de Nirvana te pasan El hombre que vendió el mundo habiendo tantas otras canciones hermosas del trío de Seattle. Era tan parecida.
Todo se me cruzó y entre medio de eso me vino esa noche de tertulia, noche de estrellas, de ella ahí y yo bajando las escaleras, del mástil que hoy no está, de mi primer beso, torpe e inexperto pero beso al fin, de mi incrédula certeza de no creer si lo que me estaba pasando era verdad, de la mínima confirmación de que alguien podía querer besarme. Era tan linda. Pucha che, era hermosa. Y después me dejó, lo bien que hizo, porque yo siempre fui un boludo. Y comprendí que desde ese tiempo hasta esta parte los errores siempre fueron míos. Hay cosas que no cambian por más que pasen los años.
Se nos hizo tarde con Martín, decididamente no llegaríamos al boliche. Cruzamos la avenida con la versión unplugged de La ciudad de la furia. Apenas unos minutos pero algo es algo. Hacía frío. Lo saludé corto, sin más protocolo y me metí en la cama lo más rápido que pude. Quien sabe por qué me vino a la cabeza los primeros versos de Where did you sleep last night y no la pude imaginar sin el timbre de Kurt. Me pregunté dónde dormiría mi chica esa noche. Siempre que escucho esa canción me largo a llorar. No sé por qué. Pero lo hago. Estoy hecho un viejo choto.



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