31.12.09

Rosario tan ella


Mirar a Rosario es estar frente a esas preguntas magníficas, de esas que admiten todas las respuestas o ninguna. Recuerdo los primeros tiempos en que la conocí. Callada, reservada, observadora, no parecía una nena de once años. Es verdad, nunca fue igual a nadie, quizás por esa porfía tan suya de ser ella misma.
De esos tiempos recuerdo una situación en particular. Generalmente apremiado por los tiempos, llegaba a la casa de Rosario por la siesta con la intención de enterarme de las tareas previstas para esa semana, consultar novedades o buscar alguna cosa. Desde mucho antes de llegar a su casa yo ya anhelaba que Rosario me abriese la puerta.
Me gustaba pensar que me esperaba, tan acostumbrada a mis visitas, saludándome indiferente o fastidiada por haberla despertado de la siesta, poniéndome al tanto de quien estaba o no presente, del  ánimo de Josecito o si tenía que pasar directamente al patio o a la cocina para encontrar a sus padres. Sin saberlo, Rosario me guiaba. Una vez dentro de la casa, me saludaba en la mejilla y yo sabía lo que tenía que hacer o donde se escondían esas cosas que siempre buscaba.  
Históricamente siempre tuve afinidad con los niños, siempre me vanaglorié del hecho de que en quince minutos yo me ganaba la atención de cualquier pibe pero desde un primer momento supe que con esta niña no sería fácil. Tuve que esforzarme. Es que el privilegio de su atención dura sólo un momento, escasos segundos, y luego se pierde haciendo otra cosa, siempre más importante que lo que uno esté pensando. Hay que tener cuidado cuando se quiere hablar con Rosario, pocas cosas le llaman verdaderamente la atención, así que siempre hay que saber de que hablar.
Los riesgos del ridículo son una constante diaria. Ante una persona como ella se corre el riesgo real y concreto de quedar desubicado perpetuamente. Un solo gesto le alcanza para desbaratar cualquiera de tus argumentos. Una simple mueca de su boca sumerge a cualquiera en un mar de dudas. O simplemente una mirada basta para sentirte un estúpido ante una nena, sin entender verdaderamente como pasó lo que pasó o como llegaste hasta ahí.
Conciente de todo lo que pasa, Rosario se sabe única y lo ha aceptado. Y lo muestra en sus cuentos, en su manera de relacionarse con la gente, en la organización perfecta de la compra en el supermercado. Me gusta pensarla como un faro ante el azote de las olas, digna y serena ante el mundo que se licúa y se debate por las cosas más nimias. Mientras los demás encallan, Rosario observa y al decir del estilo del catalán se hace sabia con los errores ajenos. Rosario sabe que hay cosas más importantes, en las que el resto de los mortales no piensa, que merecen su atención y ahí se centra. Las otras cosas, las mundanas, las diarias, en las que uno se embrolla, no las piensa, simplemente las ejecuta, imperturbable, fría, rápida, como quien se saca la caspa del hombro. No vaya a ser cosa que le quiten el tiempo.
Las posibilidades son inmensas y son todas suyas, quien sabe que será Rosario en un futuro pero de una cosa estoy seguro: sea lo que sea, lo que ella elija, la mujer que será Rosario enloquecerá a los poetas y asustará a los hombres mundanos. Dirán cualquier cosa pero no podrán resistirse. No le será fácil. Tendrá que acostumbrarse. Pero le costará menos que a otras tantas que se pasan toda la vida negando lo que son y sufriendo por miedo a aceptarse.
Pueden que pasen muchas cosas, puede que todo lo que digo no se cumpla. Pero todavía falta bastante. Recién recién tiene trece años.


22.12.09

Consejos para las fiestas

Por Ricardo Gutman


Cada año lo mismo. Las mismas discusiones. Los mismos cálculos. Las mismas rencillas de siempre. Quizás cambie un poco el menú, los lugares, pero siempre lo mismo. La plata quemada. El Sertal a mano. Las copas de más. Las botellas de más. La comida que sobra para la vuelta del boliche. Que clericó o ensalada de frutas. El turrón cuando ya no te entra más nada. Es por eso que tengo la tentación de escribir unas recomendaciones para que estas fiestas las pases lo mejor que puedas, yo no puedo hacerlo por una cuestión de jurisdicción y jerarquía pero la mayoría de la cosas creo que son lo suficientemente lógicas.

1. Separá bien las cosas: Navidad es para la familia y Año Nuevo es negociable.
2. No comas de más. No tiene sentido. Al mediodía del 25 va a seguir ahí y es lo mejor que puede pasar.
3. Ya te lo dijeron mil veces: no te zarpes chupando.
4. No discutas al cuete, ¿qué sentido tiene pelearse en Navidad?. Si querés dejalo para Año Nuevo.
5. Evitá las películas navideñas, aunque Mi pobre angelito sea un clásico se corre el riesgo de ver a Schwarzenegger en alguna comedia.
6. Apagá el tele.
7. No rompas con los mensajes de texto masivos ni los mails en cadena.
8. Si tu familia es numerosa y todos se juntan en tu casa ya sabés que hacer: alquilá baños químicos.
9. Si salís aprovechá: podés saludar a quien se te ocurra con un beso total es navidad.
10. Juntá paciencia porque te van a saludar en cualquier lugar, cualquier persona.
11. Drogá a tu perro.
12. ¿Viste lo poco que dura el aguinaldo?
13. Desea siempre Felices Fiestas. Es lo políticamente correcto.
14. Si sos ateo, agnóstico o tu religión no se enmarca dentro de la concepción judeocristiana tanta alaraca no tiene sentido. Te recomiendo que disfrutes el feriado.
15. Y si sos creyente te pido un último favor: Matá a Papá Noel. Que vuelva el Niño Dios.  


¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡ Felices Fiestas a todos !!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

16.12.09

Notas sobre un éxodo

Por Ricardo Gutman

I
La hoja está amarilla por los años y a duras penas se pueden ver las caras en la foto. Incluso alguna mancha adorna la nota, dándole cierto toque místico a la información. El titular dice La Cooperativa de Viviendas para Ferroviarios de San Cristóbal adquirió 99 lotes de terreno y está publicado en El Litoral, sin fecha pero supongo que habrá ocurrido durante los años 70. La nota pertenece al decano del periodismo local, don Osvaldo Giussanni, y pude acceder a ella gracias a Enrique, quien me entregó hace unos meses unas carpetas que don Osvaldo armó hace tiempo sobre el ferrocarril en San Cristóbal y es la tercera parte de una colección de cinco tomos más un apéndice, todas llenas de fotos y crónicas de una ciudad que se extraña.
Responsable de la mayor parte de nuestra memoria, don Osvaldo hizo mucho más que periodismo pueblero. La nota me llamó la atención desde el vamos porque muestra algo muy poco común por estos lugares pero muy desarrollado en otros: una cooperativa. La organización de los trabajadores logró conseguir casi cien viviendas situadas entre las calles Bv San Martín, J.M. Bullo, Las Heras y Ruta 4 y dentro del corpus de notas es quizás una más entre tantas que demuestran la incidencia y la importancia estructural de una clase trabajadora que se reconocía como columna vertebral de una comunidad. Después de hojear los cinco tomos creo ver allí, en esa conciencia de sí, una punta, una débil hipótesis, un indicio, una posible explicación de lo que pasó después, cuando nos transformamos en algo que nunca esperamos.
Pero no siempre todo está registrado. Muchas de las cosas que han pasado, no todas, se reflejan en las notas de Don Osvaldo. Debo dar fe que hasta el momento no he podido acceder a la riquísima documentación que me falta conocer más que nada por pereza. Pero hay una historia que no logré encontrar en esos cinco tomos y que llegó a mí de manera casual, una tarde cualquiera, hará ya un par de años.
II
La primera vez que escuché lo ocurrido en 1961 fue de boca de mi madre y desde ese momento me comprendo mucho más. Quizás no sea mucho. Quizás no sea nada. Pero es historia mía. Es parte de mí. Porque se es mucho antes de ser, se es incluso mucho antes de estar, simplemente porque siempre hay una historia detrás de cada uno. Hay cosas que hay que honrar, esa especie de nobleza de sangre sin título, ese lastre que se nos da antes de nacer, que no determina pero configura. Hacerse cargo de nuestra historia, de la madera de la que se está hecho, ayuda a comprender, en gran medida, lo que somos. La decisión está en nosotros, en cada uno, continuar el legado. O traicionarlo.
La percepción del tiempo es, llegado el caso, absolutamente subjetiva y los sucesos importantes alteran sensiblemente esa construcción. Cuarenta días de lucha bien pueden parecer años. Durante un tiempo que el calendario se esfuerza en decir que fueron más de cuarenta días, Barrio Dho amanecía, cada día, despoblado. Acostumbrada a ver salir temprano las bicicletas camino al ferrocarril, la barriada se había visto diezmada de hombres y esas mismas bicicletas descansaban, ociosas, acostadas sobre alguna pared mal revocada.. De los hombres, nadie sabía nada.
Por lo menos eso le decían a los gendarmes las mujeres con los nenes abrazados a sus piernas mientras la autoridad intentaba requisar las casas que, quien sabe porque mágica intervención divina, se volvían castillos impenetrables. Mi abuelo paterno iba con los gendarmes a buscar a los trabajadores, como personal jerárquico estaba obligado a hacerlo. Nunca entendí muy bien eso. Debo dar crédito a lo escuchado. Me han dicho que el viejo se portó bien, cuando le decían que el trabajador en cuestión no estaba se pegaba la vuelta y se iba sin preguntar nada más. No era que no lo supiese, todos sabían donde estaban los ferroviarios, pero nadie delataba al compañero.
Mi otro abuelo, Ferrer, cambista, estaba escapado. Como la gran mayoría de las bases ferroviarias en el país, se había plegado al paro en resistencia al plan de desmantelamiento pergeñado por Frondizi vía Plan Larkin, que ya en ese entonces aplicaba criterios productivistas a los servicios públicos y desplegaba el Plan Conintes para tratar de amedrentar a los huelguistas. La dirigencia intentaba infructuosamente negociar con el gobierno y adelantarse treinta años en el tiempo e integrar el negocio del desguace del ferrocarril, por eso las bases tomaron las riendas del reclamo haciendo caso omiso de los líderes gremiales, parando cuarenta y dos días.
Muchas historias se han contado de esos días, de lo que quizás fue la primer gran movilización ferroviaria, como la heroica actuación de las mujeres de Laguna Paiva que en defensa de la fuente de trabajo incendiaron los vagones repletos de gendarmes que venían a romper la huelga con sus ropas bañadas en querosén. La de la república de Barrio Dho es una más quizás, pero que me toca de cerca. Si lo pienso bien, yo también soy resultado de eso.
Como en todo suceso, las interpretaciones son muchísimas, las visiones mucho más y las posiciones muchísimas menos. Acuciado por la curiosidad, los relatos que me llegaron de la boca de Ferrer un tiempo antes de fallezca, bastante aislados, bastante esporádicos, solo asumen peso, entidad, si se las inserta dentro de los testimonios colectivos, de los otros viejos del barrio que todavía están, dentro de una construcción social. Vaya mi humilde homenaje a ellos; para los que están y para los dicen que se fueron pero se quedaron en el pecho.

III
Los hombres se habían puesto de acuerdo y el barrio iba a plegarse a la huelga. Había que irse, los rumores de que la policía actuaría no eran infundados. Había que dejar la familia. Las mujeres se hicieron parte de la huelga y aguantaron estoicamente esos días donde la plata y la comida faltaban por todos los rincones. De noche partieron hacia los campos camino a Crespo, con pocas cosas a cuestas y los besos húmedos del llanto de la pibada en las espaldas. No eran los únicos. Otros grupos en la ciudad, en el barrio mismo, habían decidido hacer lo mismo pero en otros lugares.
Cuarenta y dos días en el campo. No podían estar sin hacer nada. Los tipos eran trabajadores. Y devolvían los favores. Cómo el dueño del campo los alojaba y les permitía cazar animales para ellos y para llevar a los hogares, le laburaban el campo, desmontando, manejando los tractores, arreglando alambrados. Las noticias llegaban una vez por semana, de la mano de don Chamorro, quien en su carro, bien tapadas, traía las cosas que los huelguistas mandaban a su casa y viceversa en unos cajones de manzanas que hacían las veces de buzones, siempre de noche, los domingos. Los besos de los pibes viajaban en carro hasta sus padres.
No eran los únicos, otros ya habían tomado la decisión y partieron en todas la direcciones. Esto no podría haberse consumado sin cómplices, que de hecho existieron. Tácitamente, la ciudad con venas de riel se volcó a la protesta. Un hermoso complot sobrevolaba las calles. Los comercios fiaron durante esos días a las familias de los ferroviarios en evidente y silencioso apoyo. En los cines se hacían colectas para los huelguistas. Nadie decía nada. Pero todos sabían dónde estaban.
Uno de los participantes del éxodo lo graficó muy bien: “Si usted iba camino a El Colonial podía ver tranquilamente donde estaban los ferroviarios porque en el medio del monte podían verse los faroles con los que nos alumbrábamos de noche”. Confieso que no me pude resistir al encanto de la imagen, los ferroviarios eran faroles en medio de la oscuridad de un monte. En mi exploración de testimonios pude ver alguna que otra foto del suceso, ferroviarios posando junto a un tractor, con el rostro sonriente. Percibí cierta sensación de seguridad en esos rostros. No podía ser menos. Lo que sobraba era apoyo.

IV
Mi abuelo nunca me contó la historia de la huelga del 61, de hecho tuve que sacarle a jirones algún dato, algún nombre, que me permitiera al menos imaginarme la situación, pero podía ver en el pecho el orgullo de la proeza. La misma conducta la observé en casi todos los hombres con los que pude hablar, años después, el mismo brillo en los ojos. Algunos tenían recuerdos más fijos que otros pero todos recordaban básicamente lo mismo. Oficialmente la huelga duró 42 días; eso dicen los registros y los libros. Existen historias maravillosas sobre tamaña movilización a lo largo de todo el país, ejemplos de resistencia increíbles como así también las aristas desagradables. Basta mencionar el apellido Frondizi a cualquier ferroviario de más de setenta años para que los agravios empiecen a surgir. Cómo siempre pasa, una vez que se empieza a hurgar otras historias comienzan a salir, también cercanas. Hacer el ejercicio de imaginar esas bicicletas volviendo a salir de los portones ya le da otro sabor.
Quizás se pueda decir que no alcanzó, que semejante lucha no paró el avance contra el sistema ferroviario que terminó plasmándose treinta años después, luego de otra huelga inmensa como la de 1991, con cómplices propios que se hicieron la fama de combativos en 1961 y que treinta años después entregaron en bandeja una historia. Y es que las luchas populares, sobre todo la obrera, está llena de traidores, propios y ajenos, esos que solapados dejan que las cosas pasen por esos resentimientos que se agrandan a medida que pasan los años. Pero también tienen muchos héroes. Lo más probable es que todavía quede alguno por el barrio, que todavía calienta el agua para tomarse unos mates bajo la sombra de alguna parra. Pienso en las historias que se ignoran, en las que no sé. Siento que las necesito porque a pesar de todo siempre son un ejemplo.  Como la vez que los ferroviarios de Barrio Dho diezmaron el barrio.

8.12.09

Abel

Por Ricardo Gutman

I
El camino está inscripto en la memoria, tatuado, y el sólo hecho de saber que está lleno de escarcha hace acurrucar a Abel en la cama, deseoso de ser un microbio o algo que no necesite ropa para andar por la calle o que no necesite vestirse para enfrentar el invierno que cada vez viene peor.
Dos frazadas de dos plazas, la protección justa que otorga calor y no corta la circulación de la sangre, uno puede estar si quiere días enteros metido en la cama arropado con dos frazadas de dos plazas, tapado hasta las orejas, sellando los huecos por los que se cuela el invierno, amoldándose a los pliegues, aprovechando las depresiones del colchón, entregándose a la pereza. Si uno tiene suerte y se enferma, la madre puede abrirle el postigo durante el día para que el sol se refracte en el vidrio de la ventana y penetre en la pieza, envolviendo el ambiente y pegándose en las paredes. Pero no se puede, tiene que ir a la escuela, porque sí, porque tiene que ir. El desayuno todavía está por hacerse, breve consuelo de leche y café bien rápido porque la pereza atrasa siempre todo. Todavía le falta vestirse, enfrentar el agua congelada de las siete de la mañana que se vierte desde la canilla, despertarse, “Pero uno siempre se despierta”, se dice Abel, “tarde o temprano uno siempre tiene que despertarse”.
El vapor del café refresca la cara helada de Abel y humedece su nariz. A través del copo de vapor Abel piensa en el trayecto, en el frío trayecto camino al colegio. No es que sea mucho, no son más que ocho cuadras de viento gélido que se estaciona en el patio de la escuela, esperando que la bandera se ize al ritmo de una aurora que tirita y cumplir con las obligaciones patrias de soportar estoicamente el frío por respeto a la enseña, tan celeste y blanca como el invierno que se pega al denim de los pantalones y así, contentos, ser empujados a las aulas huérfanas de estufas.
Camino al colegio, Abel ya dejó atrás el lavatorio, la fría tortura de lavarse la cara a las siete de la mañana, el vestirse apurado, salir con el desayuno a flor de glotis. En la calle se dibuja la fila de municipales encogidos que caminan directo al taller luego de haber marcado tarjeta en la Municipalidad. Sin mayor preocupación los obreros saludan al pibe que displicentemente devuelve la atención mientras vuelven a la conversación. Abel no conoce a ninguno y nunca estuvo al tanto del contenido de las conversaciones pero aquí es obligación devolver el saludo. Lo sabe desde que iba a la primaria.
Como la mayoría de los chicos de su edad, Abel tiene la costumbre de fumarse un cigarrillo camino a la escuela, primer cigarrillo del día, después de comprarlos en el quiosco que está a dos cuadras de su casa. Como todos los días, Abel saluda al kiosquero que ya se acostumbró a su pedido diario de Lucky diez pero esta vez le agrega la compra de un encendedor, calcula si el dinero que tiene le alcanzará para comprarse todo, el paquete de cigarrillos y el encendedor tipo garrafa que garantiza más encendidas que ningún otro. Con la plata justa paga al kiosquero, saluda y sigue su camino rumbo al colegio. De memoria.

II
Todavía oscuro, el cielo no hace más que acentuar el frío del ambiente. Una muchedumbre envuelta en camperas, bufandas y guantes polares se acerca lentamente a izar la bandera inmóvil en la base del mástil. Ya en la puerta de la escuela, el cigarrillo se desprende de la mano de Abel para morir en la escarcha del cantero. Apurado, se dirige al patio exterior, donde la mayoría de los alumnos y docentes se encuentran formados, esperando a que lleguen los rezagados que quedaron en los cursos. La gente llega y los rumores se aplacan. El frío congela los maquillajes de las docentes y las posturas de los chicos a medida que el paño sube a una velocidad de grados bajo cero. Apenas llega a su cúspide, todo el personal pasa directamente a sus lugares, los chicos a los cursos, sin esperar el saludo de la directora. Los alumnos se agolpan como ganado y comienzan los primeros murmullos oficiales del día. Afuera la bandera ondea tímida en el patio. El sol hace lo posible para que amanezca.
Los pedagogos debiesen saber que los lunes a la mañana junto a los domingos a la tarde son los momentos donde el ser humano está más expuesto al suicidio. Comprobado estadística y científicamente por Emile Durkheim hace ya más de un siglo, es evidente que son esas horas las más críticas de la semana, donde la mayoría de las cosas carecen de sentido porque el tiempo se empecina en correr de otra manera y el ser humano es más vulnerable.
Es que los domingos a la tarde trastocan drásticamente el sentido de los días; si los días tienen sentido en sí, es decir, durante la semana uno vive los días de una manera ya establecida, espera lo que va a pasar sabiendo que el martes viene con tantas actividades y prepara las cosas para el miércoles, el miércoles es quizás el día más intenso, el jueves baja un poco y el viernes se mueve por la inercia del fin, ya se sabe que se termina la semana laboral, se vive de otra manera porque es viernes, sobre todo a la tarde o después de las ocho de la noche, es el día en el que se agradece que el trabajo termine y donde uno se enamora, como dice Robert Smith. El sábado está dedicado al goce y el domingo a la mañana a dormir. Ya se sabe que se hará. Los días se llenan solos. O se puede vivir toda la semana a full, aunque no es conveniente. Pero el domingo a la tarde es mortal porque hay que buscar como llenarlo, se pueden elegir maneras de sedarse y pasar el domingo, sobredosis de fútbol o películas varias para pasar la tarde y gran parte de la noche. El problema es cómo llenarlo, el riesgo es entregarse al domingo a la tarde sin haber previsto nada. Los lunes a la mañana son la continuación del domingo, por eso no se debe prever una evaluación para un lunes a la mañana. Está condenada al fracaso. Pedagógicamente hablando, es poco fructífera.

III
Lunes por la mañana, Abel tiene una evaluación, de Física, termodinámica. Lo único que Abel sabe de la termodinámica es que es una rama de la física que estudia los efectos de los cambios de temperatura, presión y volumen de los sistemas a un nivel macroscópico y que tiene tres leyes que ignora absolutamente. No es que no sea inteligente, sino que Abel tiene un problema: déficit de atención, atención dispersa, dicen que se llama. Está resignado pero igual entra al curso, que poco a poco se convierte en una jaula de palabras, murmullos y noticias frescas o no tan frescas. Nadie habla de la evaluación. Tampoco ha llegado el profesor. Nadie se sienta. Abel se apoya en la mesa, repasa por enésima vez la bandeja de entrada de mensajes de su celular en lo que va de la mañana para ver si alguien dejó algún mensaje pero no hay novedades desde ayer a la noche y guarda su teléfono en el bolsillo.
La profesora saluda y lentamente los alumnos ocupan sus lugares. El aula es un frezzer, las estufas brillan por su ausencia por un problema eléctrico de la escuela: “si enchufamos una estufa salta toda la instalación eléctrica” dijo la vicedirectora al principio del otoño, augurando un gélido invierno desde marzo. Por eso nadie se saca las camperas hasta las 10 de la mañana. Sin esperar a que los perezosos se sienten, la profesora comienza a repartir las hojas con las preguntas de la evaluación que fotocopió antes de entrar al curso; de allí la demora. Cuando la hoja llega al banco de Abel, en el extremo derecho del fondo del aula mirando al pizarrón, no sabe que se quedará allí por unos cinco minutos antes que Abel sienta la más mínima inclinación para ver lo que dicen las preguntas del examen. Las indicaciones de la docente pasan desapercibidas como el rumor del viento en las casuarinas, por lo menos para el oído de Abel.

IV
Sin intención de completar alguna pregunta de la evaluación, la mente de Abel se pierde en cualquier lugar. En algunos momentos, por la inercia del sueño, cabecea con intenciones de dormitar pero se sobresalta y vuelve en sí, con esa sensación tan horrible en el centro del pecho, como en esas noches de insomnio cuando se quiere dormir pero no puede y se despierta repetidas veces, entre ahogado y asustado. El ambiente ayuda, tan silencioso y frío. Pero sólo que ahora es en el salón de clases. Y no debe dormirse por riesgo a una sanción. La mañana avanza. Tímidos rayos de sol se asoman pero el frío no mengua. A estas alturas Abel ya decidió entregar la evaluación en blanco. Adentro todavía todos con camperas y bufandas. El viento parece haberse levantado con más fuerza porque las ramas de los árboles arañan las ventanas del aula en el primer piso. Abel ya no sabe que hacer. Mira el techo. Ya revisó nuevamente la bandeja de entrada de su celular. Ya jugó a los tres jueguitos. Ya rayó la mesa con su nombre decorado en líquido corrector. Ya intentó dormir aunque no pudo. Abel se aburre. Y sigue haciendo frío.
Entonces recuerda el slogan del encendedor tipo garrafita que compró rato antes que garantiza más de tres mil encendidas. Calcula. Un segundo por encendida son tres mil segundos, tres mil segundos son cincuenta minutos, cincuenta minutos casi una hora, un poco más de lo que queda para que termine la evaluación. Si el slogan es verdad el encendedor podría calentar toda el aula por unos cuarenta minutos y sobraría. Sólo un encendedor. Y de los más caros. Los otros, los más baratos, esos transparentes, seguro que se romperían antes pero bien podrían durar unos veinte minutos. Sólo sería cuestión de probar. Y de aguantar el tiempo suficiente con el pulgar apretado.        

V
El chasquido de la piedra pasa desapercibido entre las ramas que rozan el vidrio de las ventanas y Abel decide mantener encendido el encendedor el mayor tiempo posible. Cómo está atrás de todos nadie lo ve. No hay nada mejor que hacer. Cinco minutos después las primeras bufandas van tomando su lugar en el respaldar de las sillas y a los diez minutos a no hay nadie con camperas. Abel aguanta y el dedo no se quema. El ambiente ha cambiado sensiblemente. Afuera el viento sigue moviendo las ramas de los árboles pero adentro está templado y si bien sólo han pasado unos diez minutos los vidrios ya empiezan a condensarse. “Quizás sea sólo casualidad” se dice Abel, que no entiende mucho de lo que está pasando.
Como si de una coreografía se tratase, a los quince minutos los pulóveres empezaron a salir de los cuerpos perfectamente coordinados. Una leve brisa remolineaba en el aula acunando los cortinados color durazno. Semejante cambio de temperatura empezó a cosechar los esperados comentarios. Nadie imagina que ocurre. La evaluación pasó a segundo plano. Y Abel como si nada.
Pasados unos veinte minutos un aroma a tela quemada empieza a rondar la habitación. Todos olfatean al aire pero nadie puede detectar de donde viene. Abel sabe que los tejidos de las cortinas han empezado a deshilacharse por el efecto del calor insoportable pero lejos de inmutarse sigue con el dedo presionando la salida del gas del encendedor que todavía parece tener mecha para rato. La profesora se levanta del banco, toda sudada la frente, y empieza a deambular por el aula, buscando el foco de incendio que nadie ve. Repentinamente una cortina del fondo empieza a quemarse y la chica que estaba sentada en el banco contiguo salta desesperada al encuentro de la profesora. Abel la mira y se sonríe, incrédulo. La profesora parece percatarse de la situación y se dirige hacia el banco de Abel y dice algo que Abel no escucha. Los labios de la profesora se mueven muy lentos, demasiado despacio, pero ningún sonido parece salir de su boca. Ya el fuego tomó las otras cortinas y empieza a expandirse por el lugar. Los chicos empiezan a salir del aula, como animales en pánico. La docente intenta decirle algo a Abel sacudiéndolo por los hombros pero los chicos se la llevan con ellos mientras Abel sigue mirando como llueve fuego sobre los bancos lindantes a las ventanas. "Cortinas de fuego" se dice al mismo tiempo que los primeros bancos se incendian.
A diferencia del resto Abel está tranquilo. Se toma su tiempo, se acerca lo más que puede a las cortinas y prende un cigarrillo, solo en el curso. Afuera, en el corredor, la gente mira para adentro por la ventanilla de los vidrios de la puerta, haciendo señas, con los ojos desorbitados y los brazos en alto. Abel asiente con la cabeza mientras se aleja del fuego con el cigarrillo en la mano y se sienta en su banco.
Cinco minutos después Abel abre la puerta del aula y sale al corredor mientras se sacude una pizca de ceniza en su hombro derecho. La gente en el pasillo intenta fijarse en el estado de Abel pero el humo del aula y las llamas del pizarrón dificultan un poco la visión. Antes de cruzar tira el cigarrillo donde debiese estar la tercera fila de bancos, ahora reducida a una saludable flama, no sea cosa que el castigo sea peor.

26.11.09

Sacate unas fotitos patito

Mi estimado amigo Germán de las Mercedes Cárdenas Musante posee múltiples características que hacen que valga más que su peso corporal en oro, entre ellas su carácter nómada, característica que no practica con medias tintas y que lo ha llevado a traspasar las fronteras de nuestra benemérita y nunca bien ponderada Argentina en ya varias oportunidades, con algunos "denominadores comunes".
En esta oportunidad este sancristobalense se encuentra apostado en la llamada Madre Patria, más específicamente en la ciudad de Zaragoza, con motivos aparentemente académicos dentro de su profesión de arquitecto. Este viajero aficionado a las becas de intercambio me ha hecho llegar más de 90 fotografías que certifican su contínuo ritmo de estudio y un pormenorizado foco en la arquitectura de Zaragoza, ciudad tan llena de contrastes que sin nigún lugar a dudas es bastante similar a San Cristóbal, sobre todo en los modelos de autos que he podido observar.
A continuación verán un poco de Zaragoza desde los ojos de Patito. Como la cantidad es demasiada para un solo post si están interesados en ver más (cosa que recomiendo) pueden clickear en la presentación colgada a su derecha, si la compu me deja.









Lo más probable es que yo nunca encuentre esta calle

















En esta foto podemos ver al pato haciendo amistades con un verdadero hombre de letras, no como yo





Este es un pequeño recorrido de las fotos que el patito me mandó y con su debida autorización han sido posteadas, se que hay otras fotos sobre un viajecito a Barcelona de las cuales no tengo autorización para postear pero espero en la brevedad recibir la confirmación del autor. Sin más me despido de mi amigo, no sin antes avisar que cuando vuelvas a tu terruño festejaremos como se debe, con una buena orgía etílica de cebada y nos decapitaremos como Dios manda. Que joder. (Esta sería la parte emocional del post).





24.11.09

Postales



Por Ricardo Gutman

Para los que no lo conocen, estas son unas fotos del Área Industrial de San Cristóbal, una postal nueva de la ciudad.
Nada por aquí.....




Nada por allá....


 No comment.

P/D: De ahora en más comenzaré a postear estas postales sancristobalenses, si tenés alguna que quieras compartir mandalas a ricky.gutman@gmail.com




15.11.09

Filosofía



Imagino que han visto este comercial de Coca Light, no?. Así estamos. No comment.

P/D: Debo reconocer que ese puchero me mata y que es verdad, necesitamos más grandulones.

11.11.09

Lapachos

La Vero le escribió a los lapachos hace tiempo y aquí va su poesía. Gracias Vero (espero haber editado bien la poesía)


Lapachos

Cuando miro los lapachos en desmesura
pienso en la señora-primavera
de abultado vientre florecido
que prodiga sus dones en el cuadro
del señor maestro Boticelli....

(Para Coca, en gratitud por la gracia de sus lapachos en flor)

No en todas las casas
desmesuran así
los árboles amantes
porque está claro
que ellos saben
en dónde  derramar   su alquimia rosa
en dónde  desatar     lujurias nuevas.
No en todas las casas
desmesuran así
los árboles amantes...
no asoman en las tapias de los necios
ni frente a estériles ventanas
de señoras castas y compuestas
no en el patio de los señores-hongo
no en las axilas del que saca cuentas
no en los jardines de la hipocresía
ni en las ventanas de la indiferencia
no en todas las casas
desmesuran así
los árboles amantes
hace falta urge se requiere
ofrecerles la piel    y la mirada
los brazos los senos las caderas
el alma los sentidos
las primeras y las últimas ideas
el tiempo la sed y los recuerdos
la voz el paso la cadencia
el grito el silencio y el destino
la vida total     llena de urgencias.

                               Verónica M. Capellino

Agonía de un rey

Por Ricardo Gutman

No puedo dormir con esas lágrimas goteando encima de mí”
No más lágrimas. Héroes del silencio
I
Nadie sabe bien cuantos años tenían. Cuando mi padre compró el terreno de mi casa ya eran los vecinos más importantes de la manzana. La Coca calcula con lágrimas que el más grande debe tener unos ciento cuarenta años. Por lo menos. El otro unos cincuenta. Todavía habla en presente la Coca. Ya estaban allí cuando se instaló en la ochava y por lo que ella dice la abuela de la tía Haydeé había traído al primero. Toda una historia. Estamos hablando de mucho tiempo.

Siempre fue admirable verlos. Su realeza se divisaba desde lejos. No se podía no mirarlos. Cuando uno avanzaba por la Hipólito Irigoyen camino a la Trabajadores se alzaban imponentes las copas de los lapachos, padre e hijo juntos, vigilantes e indiferentes. Cuando la primavera llegaba lo hacía siempre primero en sus hojas y cuando se iba el verano la vereda se pintaba de rosa. Siempre hubo otros árboles en la cuadra, en el barrio mismo. Pero no existirán otros como los lapachos de la Coca. El más viejo parecía querer resistirse al olvido. Dicen que el que avisa no traiciona.         

De los dos, precisamente el más viejo fue el que más quise siempre, quizás por la cercanía, porque siempre me dio sombra o porque fue el que adornó mi patio de flores caídas, el que me arruinaba el agua de la pileta o por ser el responsable de algunos de mis miedos. Nuestro primer encuentro, del primero que tengo recuerdos, fue poco prometedor. No porque fuese su culpa, sino porque como testigo involuntario del hecho poco pudo hacer, no porque fuese su intención, sino porque era, digámoslo así, su naturaleza misma.

Habrá que esperar un tiempo pero hay cosas que no volverán, ni las alfombras rosadas en el césped ni los pasos crujientes delatores, ni los caminos de cemento bordeados de lágrimas de verano. El retoño que crece en el centro del patio es todavía muy joven para saberlo. Es otro árbol más a la lista que de larga ya preocupa, no es el primero pero espero que sea el último. Era mejor cuando era pibe.

Como muchas cosas que nunca hice, escalarlo quedará como una cuenta pendiente. En lo que a mí respecta estuvo ahí toda la vida, así que es todavía peor. Hoy me di cuenta que extrañaría cosas simples que todavía no dejaron de ser, que todavía están pero que ya no. No me puedo acostumbrar a estas cosas por más que pase el tiempo. Siempre fue inmenso, poderoso, imponente, invasor, tímido, eterno. Digo siempre porque desde que lo conozco siempre fue así, salvo en los últimos tiempos, en los que la Coca tuvo que vender el patio. Quizás también se volvió profético por esa seguridad que dan los años. Seguro que fue pequeño, apenas un brote, pero yo no lo conocí así. Para mí fue siempre el que és, por más que se haya esforzado en pasar desapercibido por mero instinto de conservación.

Recuerdo el encuentro con una amarga cicatriz en la barbilla, una marca que no se irá jamás. Estábamos mi hermano, el Ale, el Martín y yo en el patio de la Coca, jugando a algo cuyo objetivo era saltar la mesa de material adornada de retazos de mosaicos. Los chicos saltaban, de lado a lado, tratando de llegar lo más lejos posible, tanto en distancia como en altura. Llegó mi turno y encaré con la vehemencia propia de mis cinco años y haciendo temprana gala de mi torpeza habitual me rompí la crisma contra el borde de la mesa, cortándome el mentón de lado a lado, cuando resbalé en el asiento que oficiaba de trampolín. El miraba, desde arriba, mientras yo dejaba mi sangre en sus raíces y mis lágrimas en el pasto. Eso fue hace más de veinte años. Hace poco me devolvió la atención.

II
La mañana de ese sábado había empezado al revés. El ruido de la motosierra me despertó temprano, justo cuando había decidido no salir el viernes y dormir hasta tarde el sábado para recomponer el sueño atrasado. Me desperté mal, fui hasta el patio, vi al tipo colgado del árbol y maldije la mala noticia. Intenté tirarme un rato en la cama pero no pude pegar un ojo el resto de la mañana. La imagen sin rostro del hombre que se empeñaba en matar los lapachos me asaltaba una y otra vez, sin descanso. Pensé en las opciones y posibilidades que llevaron a la Coca a vender el patio y entregar los árboles de esa manera, aún a sabiendas de que no existe nadie como ella que ame tanto a esas plantas. A duras penas logré comprenderla, sobre todo porque entendí que si no es fácil para mí aceptar la ida de los lapachos, menos lo será para ella. Desayuné unos mates, bastante tarde, y me puse a leer con el motor de la motosierra de fondo. Mentalmente empecé a hacer una lista de todos los árboles que me fueron talando desde pibe. Siempre hay uno suelto dispuesto a talarte los árboles.  

Seguramente lo habrá hecho alguna que otra vez, como todos llegado el caso, pero en esas ocasiones estoy seguro que no nos dábamos cuenta porque no habíamos mandado a hacer el contrapiso de material y los fluidos se habrán mezclado con la gramínea. Si para algo sirvió el contrapiso me alegro que haya sido para esto. Para al menos darnos cuenta. La primera en percatarse fue mi madre, de manera accidental, en una de sus habituales excursiones al patio. El contrapiso estaba manchado de pequeños círculos negros, justo en el espacio de sombra que el lapacho ocupaba en el patio, en las inmediaciones del asador, sobrando el tapial que nos separaba. Quizás si no hubiera vestido la musculosa no me hubiese sido posible entender que pasaba. Mientras intentaba dilucidar el origen de las manchas dos gotas cayeron sobre mi hombro, formando una línea negra, espesa, sobre el comienzo mi brazo derecho. Miré para arriba y entendí que el árbol lloraba. Se lo dije a mi vieja que entró a la cocina sin decir nada y yo me quedé en el patio mirando crecer las manchas en el cemento.

Era el principio del fin. Ya nada sería igual. El árbol entendía que estaba pasando. Todavía no era su turno pero la motosierra había podado de manera grosera su acompañante, ese que creció a su lado, retoño suyo, durante toda la mañana. Pronto le tocaría a él. Empecé a imaginar cómo serían las cosas una vez que ya no esté, cómo cambiaría la perspectiva de la rutina, de las cosas establecidas como normales. ¿Cómo sería entrar a mi casa y no ver la copa de los lapachos apenas abierta la puerta del pasillo? ¿Otra pared más? ¿Los tanques de agua reinarán en los aires? Desolado paisaje de antenas y de cables ¿Qué será de los gatos y los pájaros? Entonces comencé a extrañar mientras las lágrimas del lapacho caían sobre mí.

Sin poder evitarlo, las preguntas aparecían mientras avanzaba la siesta. Ya las tormentas no serán lo mismo ¿Quién arañará ese cielo nocturno naranja cargado de humedad? ¿Cambiará la voz del viento? ¿Cómo sabré cuando termina la época de heladas? ¿Quién se encargará de ponerle límites al sol? El árbol lloraba y yo debajo de él intentaba entender porque pasan estas cosas, bañado en una savia negra que cubría lentamente mis brazos. De vez en cuando se oía el ruido seco de una rama quebrándose cayendo al suelo o al techo de mi dormitorio. Los gatos del barrio improvisaron una platea en el techo del asador y miraban atónitos como el árbol contiguo menguaba con el correr de la tarde. No sé cuantas horas pasé bajo esa copa, mirando llorar al árbol que se despedía mientras la motosierra comía a su hijo. ¿Qué otra cosa puede hacer esa máquina? Para eso le pagan. Pero los gatos no entendían y maullaban bastante parecido a un lamento.

III
Hoy ya no es nada, simplemente un montón de ramas amontonadas que se van secando. Basura que en el mejor de los casos se llevarán los municipales. Al volver de San Francisco me di cuenta que ya no estaba más. Hoy que ya no está no se puede ni caminar por la vereda de tanto sol que pega en los ojos, el patio es un baldío, el cielo ya no tiene nadie que lo arañe y quien sabe que crecerá en ese lugar. Si es una casa podría llegar a tomarlo como una transformación o algo por el estilo, si eso degenera en algún local comercial me preguntaré para qué. De lo único que puedo estar seguro es que cuando las paredes crezcan yo recordaré que ese lugar en otro tiempo fue otra cosa. Y de un concierto de gatos a las tres de la tarde.

2.11.09

El corte

Por Ricardo Gutman

AVISO: el calor puede haber afectado la cronología de los hechos. Incluso los hechos mismos.

Desperté, por primera vez, a eso de las nueve, y fui a la heladera en busca de un sorbo de agua. Cómo nunca, cerré la heladera con la velocidad propia de un jamaiquino. Me fui a acostar y todavía faltaban cuatro horas para que vuelva la luz, según el corte programado. Para las dos de la tarde y después de dos viajes más a la heladera, las sábanas eran un verdadero enchastre. Me levanté y saqué la ropa de cama, llevé el colchón al patio. El sol me quemaba en los brazos. Ya la luz había vuelto y fui por tercera vez a la heladera, a buscar algo de comer y de tomar. El agua no se había enfriado. Las gotas se deslizaban sobre el rostro. Puse la mesa. Arroz frío con bifes fríos. Prendí el tele y me puse a mirar no sé que película. Puse el ventilador al máximo. La casa estaba a oscuras. Cuando el ventilador comenzó a menguar comprendí.  Para las tres de la tarde empezó a regir la primera ley de Murphy. Si algo puede salir mal, saldrá mal.

Caminé hasta el kiosco y comprobé que tampoco había luz. Como es costumbre, ni una sombra invadía la Trabajadores. El sol destrozaba los ojos. La remera se adhería al pecho poseída de una húmeda vehemencia. Volví a casa. Cómo no había nada que hacer acomodé el dormitorio. Ordené libros, guardé ropa. Así se me habrá pasado una hora. Mi mamá, Carlos y mi abuela dormían. Abrí el frezzer. Todavía quedaba hielo. El bidón de la Copos agonizaba. Eso y dos botellas de agua en la heladera era lo único de líquido en el lugar. Comprendí que debiese haber hecho eso antes, así ahorraba un viaje al kiosco. Compré un sobre de jugo. Las gotas se deslizaban sobre el rostro. Un cansancio de mí se pegaba a mi piel. A las cuatro de la tarde decían que para las siete volvería la luz. Esperé a que todos despertaran y cebé dos jarras de tereré. Se hablaba lo justo y necesario. Todos decían qué calor.

Para las cinco y media intenté continuar con El doble de Dostoievsky. Diez páginas después el libro se recostaba sobre los tirantes de mi cama, abierto de par en par, y yo, en los mosaicos, buscando algo de fresco. Las gotas se deslizaban por el rostro, mojando el piso. Pensé en Esperando la carroza. “Decí que no perdimos a la Lala” me dije. Me levanté presuroso y busqué a la abuela. La Lala estaba sentada en el comedor, aburridísima. Le di un beso en la cabeza y volví al piso del dormitorio. Una frase que leí alguna vez me asaltó. “El calor degrada al ser humano”. Creo que la dijo el Puma Goyti. Que mejor muestra que este botón en el piso del dormitorio.

“Salvando las grandes diferencias entre las que debo incluir equipos electrógenos y autos con aire acondicionado, un corte de luz de veinte horas nos transforma a todos en iguales. No importa que tu vecino tenga aire acondicionado hasta en el baño y que uno tenga un ventilador de morondanga para toda la casa, si se corta la luz no hay tu tía, nos transformamos todos en los mismos sujetos insufribles e insoportables, para peor un domingo a la tarde. Da absolutamente lo mismo. Todos compartimos el mismo sufrimiento. Lo que sí da envidia son las casas con pileta. De material, fibra de vidrio o una pelopincho. De cualquier cosa. Son una bendición”.

Mientras yo deliraba en la pieza, tirado, Carlos exprimía las últimas gotas del agua del bidón. En el kiosco no tenían agua. Eso ya lo sabía. La mochila del inodoro se había convertido en un problema de diez litros por carga. Las previsiones indicaban ducha chavista. Para más tarde. A las siete de la tarde la cosa seguía igual. Ni hablar de tomar mate. El éxodo comenzó tipo siete y media, cuando mi abuela cansada de aburrirse y de ir de un lugar a otro decidió volver a su casa para pegarse un buen baño. Mi mamá y Carlos decidieron salir a caminar y yo me quedé solo. Dormido. En el piso del dormitorio.

Cuando desperté, una media hora después, salí a la calle, ávido de noticias. Indicios de viento. Rumores en el kiosco. Que vuelve a las once. Que vuelve a las dos de la mañana. Que en jefatura avisaron que recién el martes vuelve la luz. Me incliné por la última versión y me sonreí. Me miraron raro. En voz alta imaginé como sería la cosa sin luz durante varios días, a mí humilde entender muy parecida a La Huelga General, ese hermoso cuento de Jack London. Me avisaron que ya pasó. Seis días. Y que no había pasado nada de lo que refería el cuento. Me desilusioné. Es mi tendencia natural. A todo esto la tía Belkis ya se había instalado en el alero con su silla y me saludaba como siempre. Prendí un pucho y me fui al baño.

La ducha me revivió un poco. Acababa de empezar a rodar la segunda ley de Murphy. Todo lleva más tiempo del que usted piensa. Ya cambiado, me senté en el patio de luz, en lo que antes fue una glorieta, a fumarme otro cigarrillo. Lentamente la noche iba cayendo, acompañada de una tímida corriente de aire que se dibujaba en las ramas del jacarandá del tío Roberto, el único árbol decente de la cuadra. Acostado en la dormilona, observé que el lapacho que era de la Coca está cada vez más flaco. Aplasté el cigarrillo en el cantero, me quedé un rato más en la dormilona y salí a la vereda, para hacer algo.

Ya avanzadas las sombras, la fila de autos alumbraba
la Avenida y parecía que las luces jugaban carrera. Los empleados del kiosco atendían prácticamente en la vereda. Adentro no se podía estar. Silvia tenía una cara imposible de describir. Vendió casi todo lo de bebidas. Ya no quedaban velas. Ni repelentes. Ni espirales. Alguna que otra pila. Pero perdió los helados. Para las nueve y media la noche estaba completamente presente. Con la suficiencia de un vidente pronostiqué robos, accidentes de tránsito, amores furtivos en la vía pública y familias comiendo en la vereda. Todo al mismo tiempo. Todos asintieron. Uno dijo que en el centro la pibada jugaba al carnaval. El aire corría y tomaba coraje a través de las ramas raquíticas de los árboles de la avenida y más de uno pronosticó tormentas. Por las dudas me quedé, para ver si pasaba, pero me sorprendió la madrugada esperando la luz.

28.10.09

Cansancio



Por Ricardo Gutman. Foto: Aldo Ojeda.

I
Pasan muchas cosas, es cierto, incluso en lugares cómo este, cómo el nuestro, lugares que parecen no pertenecer a ningún lugar, a ninguna provincia, a ningún país. Esa es la impresión: la provincia es un lugar que está al sur, comienza en Rafaela y termina en algún lugar cercano a Rosario; después de ahí no parece haber mucho más.
Nuestra extraña condición de ser parece condenarnos. Estamos tan atrasados que enerva de sólo pensarlo. ¿Se puede hablar con alguien qué no conoce mi realidad, qué no sabe dónde vivo, qué no se explica cómo hago para vivir como vivo? Entiendo hablar cómo compartir códigos, vivencias, cosas en común. A primera vista parece que no, es decir, no puedo hablar con alguien que no entiende cómo vivo, cómo hago para tomar agua si no tengo red domiciliaria de nada. Pero vivimos. Aprendimos a sobrevivir. Quizás ese es nuestro error.
Objetivamente creo que tengo más cosas en común con Santiago del Estero y con Chaco que con la provincia de Santa Fe. Y no es que esto se circunscriba solamente a San Cristóbal sino a una gran región olvidada. Otros lugares están peor que nosotros pero eso no es ningún consuelo, ni para mí ni para ellos.
Esa Santa Fe pujante y poderosa, la segunda economía del país, es una extraña criatura de soja que no reconozco, algo tan lejano para mí cómo para muchos otros; una Santa Fe que no puedo caminar porque aquí las rutas son un desastre, los caminos se abren y se mantienen cómo pueden y las maestras deben pagarse de su bolsillo el traslado hacia una escuela de campo a la que nadie llega si no fuera por ellas o dar clases en una plaza.
Yo conozco la Santa Fe de las promesas, la de los grandes augurios, las de las grandes esperanzas nunca cumplidas y de la de las grandes obras nunca realizadas. Conozco el patio trasero de la Santa Fe residencial, el depósito de esa casa donde se guardan los trastos viejos, los muebles rotos y las cocinas herrumbradas.
El señor gobernador ha dicho que Santa Fe es una provincia fragmentada y no se equivoca tanto; en realidad debería haber dicho que Santa Fe es una provincia descuartizada para ser más exacto. Es que llegado el caso las palabras disfrazan y confunden y necesitamos ser claros en estos temas: en esta provincia existen ciudadanos de primera, de segunda y de tercera. Lamentablemente.      
A veces creo que nadie parece saber en que país vive, en que lugar está parado. Parece que las cosas pasaran en otro lugar, en los grandes conglomerados. Yo vivo en el país de las deudas, ese que los grandes medios descubrieron gracias al dengue (miren lo que escribo: ¡gracias al dengue!). Esas cosas que no pasan también son noticia, la diferencia radica en la visibilidad, en la capacidad de ser visto, de llamar la atención.
Vivo en un país, en una provincia, invisible, que de vez en cuando llama la atención si pasa alguna catástrofe, alguna inundación, alguna sequía, algún brutal asesinato, algún caso en particular cómo el de este nene que no puede salir al sol. Con localidades de nombre particulares que algunos funcionarios no pueden nombrar pero que para mí son tan normales como nombrables. Vivo en un país que pocos conocen y muchos sufren. 

II
Estoy cansado, cansado de muchas cosas, pero más cansado estoy de que me ignoren. Que no te nombren. Que no sepan tu nombre. Que no sepan cómo se llama el lugar donde vivís, tener que explicar todo porque nadie sabe cómo llegar a tu pueblo, a tu ciudad, a tu comuna, a tu colonia, a tu paraje. Cansa; cansa mucho. Y enoja. Pero no es lo único.
Estoy cansado, entre otras cosas, de los razonamientos darwinianos, liberales, de muchos progresistas que parecen no haber ido más allá de La riqueza de las naciones. Estoy cansado de que me expliquen que estoy así porque debe ser así, porque estoy en un lugar no bendecido por el señor, sin agua y sin buenas tierras, cómo si eso fuera el condicionante de todo desarrollo. Que no puedo acceder a ciertas cosas que otros lugares poseen porque las estadísticas indican que cuantitativamente no conviene tenerlas, que es un gasto, y que por eso mi vida vale menos que la de cualquier otro.
Sospecho que el problema es que nos hemos acostumbrado, la historia misma, la aplastante lógica del pasado y del presente nos ha hecho ser lo que somos, aceptar lo que aceptamos y encima afirmar que la culpa siempre es de los otros. Aceptamos el saqueo o el abandono. Esa es nuestra parte de la responsabilidad y hay que hacerse cargo, algo habremos hecho.
Estoy cansado de tener la tentación de darle la razón a los derrotistas, a esos que andan por la vida diciendo que todo anda mal, que seguirá peor después y que no podemos esperar nada del futuro. Es que llegado el caso no se equivocan, es verdad, lo que ocurre es que siempre se centran en los aspectos descriptivos de la realidad y si es así a veces no queda otra que darle la derecha.
No hace falta mucho. Simple y apabullante, el razonamiento de estos profetas del pesimismo es tan obvio, tan pesado, que se pierde la fe en el futuro y en las palabras. ¿Qué se pude esperar cuando te dicen que recién en quince años se va a poder tener una red de agua potable? ¿Qué se puede esperar cuando el recorrido de un gasoducto cambia de un día para otro y nadie puede explicar el por qué? Lo decepcionante es que nadie se esfuerce por contradecirlos.
Después están los gurúes del cambio, esos sujetos que tienen las cosas tan claras que cuando uno le explica su realidad lo miran con esa cara de “pobre subdesarrollado, cuantas cosas le faltan y cuan atrasado está” y después se van a su casa a estudiar los problemas, discuten en grupo, organizan seminarios, realizan informes y conclusiones, reciben su paga y después forman otro grupo de estudio interdisciplinario de la complejidad social existente o solicitan alguna beca, si es en el extranjero mejor, para realizar algún posgrado que te tirarán por la cabeza en alguna conferencia para demostrar que en realidad el ignorante es uno. Y las cosas seguirán igual a pesar de los informes y las estadísticas.
Y por último están los locales, esos que siempre encuentran la justificación apropiada en la provincia, en la nación, en la situación económico financiera que aqueja al mundo, en la sequía, en las retenciones, en los sueldos, en el INDEC, en las desventajas regionales, en la poca capacidad de financiamiento y que se yo que otras yerbas; lo cierto es que siempre pasa algo y justo afecta por acá.         
Estoy cansado y soy relativamente joven. Tampoco los grandes centros están exentos de problemas, sería una estupidez obviarlos. No ignoro las desigualdades de las grandes ciudades, la pobreza de sus puertas de entrada y los problemas que tienen. Pero esos no son mis problemas. Mi problema es que no quiero que mi lugar termine así antes de tiempo.
La imaginación al poder rezaban los estudiantes parisinos del mayo francés, en ese año catalogado como la primavera del siglo. Imaginación por favor. Que a alguien se le caiga una idea. Mejor. Que a dos personas se le caigan dos ideas y que las lleven adelante.   
Sólo pido que alguien contradiga a la realidad con hechos y no con deseos. Sinceramente no sé cómo es vivir en la otra Santa Fe, la de los santafesinos, rafaelinos y rosarinos, la de las industrias, los campos y los tambos. No sé lo que es pertenecer a esa realidad. Perdonen mi ignorancia.

26.10.09

El viaje


Por Ricardo Gutman. Foto: Aldo Ojeda

Duro. Duro porque hay maneras y maneras de morir. Muertes propias, muertes lentas, sorpresivas, inesperadas, compartidas; muertes colectivas. Homicidios a gran escala. Quizás alguien todavía crea que morirse es dejar de respirar, encerrado en un cajón, mientras los demás lloran por un rato. No es necesario morirse para estar muerto. A veces te matan antes que te des cuenta. Asesinatos en masa. Genocidio. Quien sabe cuántos habrán pasado por esa situación no sólo en San Cristóbal, sino en el país. Cuántos han salido adelante y cuantos otros se han quedado en el camino. Y cuantos no sobrevivieron.


No sé cuántos San Cristóbal existieron, yo viví siempre en la misma ciudad. Yo era lo suficientemente chico, nací en 1981, pero los 90 quedaron en mi cabeza como un continuo día nublado. La San Cristóbal que conocí era una ciudad triste, poblada de quioscos y remises y con cada vez menos gente. Yo crecí en una ciudad que añoraba tiempos pasados, épocas donde indefectiblemente todo es mejor: Mercedes Sosa tenía razón: éramos tan felices y no nos dábamos cuenta.

Siempre me costó creerlo. Nunca conocí otra ciudad, esa de que hablaban mis abuelos, venidos desde otros lugares a forjar un futuro acá. Acá había trabajo. Había futuro. San Cristóbal y futuro, dos palabras que un momento se conjugaron, si bien los 90 pasaron sus efectos todavía persisten, ese lastre histórico que arrastramos del que no podemos liberarnos, esa piedra que todavía no podemos mover.

Supuestamente esto tendría que ser una crítica o un comentario, pero simplemente no puedo. No puedo porque no es posible hablar de la mierda con sutilezas, con neologismos, con frases hechas. Tengo en la garganta una lista interminable de insultos atragantados desde el sábado a la noche que no transcribiré en estas líneas, aunque no puedo asegurar que no se me escape alguno. Sé que puedo hacer algo mejor que putear, pero no garantizo nada.

Entre este párrafo y el anterior hay cuarenta y cinco minutos de diferencia. No pude resistir: blasfemo a todos los desgraciados que hicieron lo que nos hicieron, insultos a todos los que planificaron esto y a todos sus socios, los de allá y los de acá, los que estuvieron y los que siguen estando, desde el fondo más profundo de mi corazón les deseo la condena más execrable que cualquier humano puede tener, la que ustedes imaginen, la primera que se les venga a la cabeza. Memoria infinita para todos ustedes, vendepatrias, asesinos, lo que hicieron no caerá en el olvido; estén seguros que la van a pagar. De ida o de vuelta. En esta o en la otra vida. Pero la van a pagar.    

La propuesta del sábado a la noche no fue lo esperado. Nadie lo esperaba. No después de Julito, ese maravilloso cuento llevado a las tablas por el grupo de teatro independiente El Riel, hace ya casi dos años, con merecido éxito. Sospecho que la ciudad no esperaba que se le diga algo, más bien que se la entretenga. La opción podría haber sido claramente tomada y nadie hubiera dicho nada, es más, hasta se hubiera tomado como un elemento de desarrollo y afianzamiento del grupo pero Jorge Abba no sucumbió a la tentación; en su primer guión teatral confeccionó una historia fuerte, muy dura, como un vagón de frente.

El viaje narra la historia de la familia Bondacaro centrada en la figura de Tito, un ferroviario al que echaron del ferrocarril y desde entonces es presa de una profunda depresión. Una familia obligada a hacer lo imposible para sobrevivir en tiempos de crisis, una esposa sostén de familia gracias al tarot más preocupada por lo que pasa afuera de su casa que en contener a su entorno, una abuela con Alzheimer, un hijo adolescente alcohólico y una mucama con radar y GPS instalado para los chismes que dan de comer a la familia.

“La presente es ficción, cualquier parecido con la realidad, personas, lugares y/o nombres es mera casualidad” reza la aclaración y es necesario que así sea ya que esta historia, tan real, tan nuestra, puede ser la de cualquiera. La incertidumbre de haber sido y no saber qué se es, las culpas, las obsesiones, los problemas cotidianos, la impotencia de no poder salir, las pocas posibilidades de respuesta de un yo altamente violentado que crea sujetos desubjetivados, la confusión, la desesperación, los ensayos de soluciones, la negación, el traslado de la culpa, todo se muestra en cuatro actos de esta comedia dramática.

Una producción local en su totalidad que cuenta con el apoyo de un público que se fue de la sala mojando pañuelos, con lleno total en las dos funciones, tanto la del sábado como la del domingo. No seré yo el que señale los puntos flacos de la obra, sé que los integrantes de El Riel son lo suficientemente obsesivos y puntillosos como para detectar y reparar las fisuras del conjunto; en todo caso si tengo algo que decir se lo diré a ellos. En todo caso, las limitaciones no provienen del grupo, sí del lugar. San Cristóbal cuenta con un lugar para este tipo de presentaciones. No se olviden de la Casa de Cultura.

20.10.09

Cuando algo alcanza

Por Ricardo Gutman

Me levanté como desubicado, a lo Proust. La sensación de que me había perdido algo despés de una siesta de cuatro horas no dejaba de rondarme mientras mi cabeza se acomodaba. Siempre me pasa lo mismo cuando me quedo dormido por la tarde; nunca sé que hora és, que pasó, la posibilidad de un ataque nuclear mientras dormía, cosas por el estilo. No me hace bien, pero de vez en cuando no viene mal descansar, desenchufarse un poco, desentenderse de las cosas; aunque confieso que cada vez que me ocurre siento que se me fue la mano.

Después descubro que se me pasaron muchas cosas, que tendría que haber hecho un millón de trámites, que tendría que haber ido a tal o cual lugar, que tendría que haber visto a tal o cual persona. Que tendría que haber ido a clases, sin ir más lejos. Sé que más que un descanso necesario estuve rondando los límites del pecado, como quien dice. Llegado el caso hago lo mismo que todo el mundo: dejo para mañana lo que tendría que haber hecho hoy, me prometo no volver a dormirme pero sé que ya llegaré tarde a todo. A veces no pasa nada y las cosas siguen iguales, como siempre. Pero no siempre. 

Parece que nos despertamos de la siesta. La aprobación por parte de la Secretaría de Medio Ambiente de la provincia del estudio de impacto ambiental que habilitaba la instalación de una planta de tratamiento de residuos patológicos en la ciudad de San Cristóbal parece haber conmovido a una alicaída opinión pública, poco caracterizada por inmiscuirse en asuntos urticantes, menos que menos políticos. Esto generó una ola de reclamos que recorrió una nutrido espectro de los medios radiales, televisivos y gráficos de la ciudad, que se hicieron eco de una protesta protagonizada por los profesionales de la salud locales, preocupados por la poca información disponible.

Hay cosas que nos faltan, de hecho son muchas más de las que tenemos, y el tratamiento de los residuos patológicos es una de ellas, si de política ambiental hablamos. Ni hablar de las otras. Pero es significativo destacar que las repercusiones de esta aprobación tuvo eco en la dirigencia política que obligada por los tiempos tuvo que convocar a una reunión con los profesionales de la salud locales para tratar este tema.

No es necesario destacar que la presión ejercida por los profesionales tuvo sus resultados y que nadie quiso pagar los costos políticos de la instalación de una planta de tratamientos de residuos patológicos a gran escala en nuestra ciudad. Si eso hubiese ocurrido, nuestra denominación de puerta del norte santafesino habría cambiado a basurero del norte santafesino, leyenda que no hubiera quedado bien en los carteles de ingreso.

Esto empezó en febrero de este año cuando una delegación sancristobalense viajó a San Luis para gestionar la instalación de una planta de tratamiento de residuos peligrosos en la ciudad. De hecho la empresa cita en su página web, en la sección eventos, la visita de la delegación municipal y el beneplácito por parte de la comunidad con la instalación de una planta "para el tratamiento de residuos peligrosos y optimizando la recuperación de recursos reutilizables y dar la disposición final correcta a  aquellos que no puedan ser recuperados". Algo cambió en el camino.

Pensando en el desarrollo de la ciudad el concejo había decidió ceder en comodato un predio a la empresa para su instalación. Nadie dijo mucho, algunas voces se hicieron oír en los medios de comunicación locales pero no pasaron de ser opiniones aisladas dentro de un marco que impresionaba por su indiferencia.  Un paso en el desarrollo de San Cristóbal se había dado, o por lo menos así se vendía. El tiempo pasó y poco se dijo en estos últimos meses. El tema no estuvo en la agenda de debate político de ninguna fuerza en una campaña que no se caracterizó precisamente por abundar en propuestas y fomentar el debate de ideas.

La aprobación del estudio de impacto ambiental por la Secretaría de Medio Ambiente aceleró la preocupación de la opinión pública y las opiniones se dispararon en el éter. No quiero caer en teorías conspirativas por así decirlo, pero llama poderosamente la atención que la firma provincial fuese dada a conocer semanas después de las elecciones a concejales y presidentes comunales de septiembre pasado, quien sabe que hubiese ocurrido si el tema se destapaba en el transcurso de una campaña electoral bastante alicaída por culpa de la gripe A. Aplausos para los operadores. 

Un germen
No sé si debo felicitar a quienes ejercieron esta facultad ciudadana de opinar y cuestionar, si debo reconocer que si bien no fue a tiempo cuando el cinturón apretó reaccionaron en los últimos segundos que quedaban. Se logró lo que se quería y se fue más allá, se planteó la necesidad de abordar de una buena vez los problemas sanitarios como el tratamiento de residuos patológicos de manera seria y planificada; se instaló una agenda.

Esto es parte de algo mucho más profundo, un tema que, como la instalación de una planta de residuos patológicos, merece un debate urgente y serio por parte de la comunidad: el desarrollo productivo y económico de la ciudad. Discutirlo profundamente y tenerlo bien en claro sino cualquier cosa como ésta puede venderse como desarrollo para la ciudad porque provee diez puestos de trabajo. Más que el simple desarrollo, es necesario especificar qué tipo de desarrollo, qué perfil se le quiere dar a la ciudad. Nadie discute la necesidad de un perfil con especificidades propias, nadie parece saber muy bien qué es lo que quiere, a qué se apunta.

Todos concuerdan con el hecho de que San Cristóbal necesita un perfil industrial. Muy bien, de acuerdo, discutamos que perfil industrial debe tener la ciudad. Miremos el caso del Área Industrial,  un ejemplo de ello. Más allá de que pasa el tiempo y no hay empresa que decida trasladarse al predio, cuando se consulta sobre que empresas pueden instalarse en el predio  la respuesta es siempre la misma: “cualquier empresa que esté interesada”. Con ese criterio una maderera puede estar al lado de un frigorífico como de una empresa metalúrgica sin respetar criterio alguno de zoonificación. Es verdad, no estamos en condiciones de elegir, pero al menos podríamos planificar algo serio. Fomentar la incipiente industria metalúrgica que se desarrolla en San Cristóbal, por ejemplo. O industrializar la producción agrícola ganadera de la región. En otras localidades del departamento es una opción que produce sus frutos, ¿por qué aquí no?  

Generar riqueza. Distribuir riqueza. Eso es lo que necesitamos, ese es un modelo. Es cierto que en San Cristóbal cuesta caro producir. La falta de infraestructura acorde a las necesidades del desarrollo del sector es crítica; basta nombrar la ausencia de gas natural para que una empresa de envergadura piense en radicarse. Pero hay ejemplos de empresas locales que están en regla, que crecen, que invierten, honrosas y destacables excepciones, todo esto producto de una organización empresarial eficiente y un sólido circuito de comercialización. A pesar de las dificultades se puede, de a poco, pero se puede. Algo es algo.

Es deber nuestro, como sancristobalenses, generar espacios donde estas cosas se discutan, de tomar la iniciativa, no solo de oponerse a la instalación de una cárcel o una planta de tratamiento de residuos sino proponer salidas viables y sustentables. Creo que se ha inoculado un germen, un buen antecedente que debe ser promovido, enriquecido y cuidado, una posibilidad, al fin y al cabo. Saludo la iniciativa.

9.10.09

Simplificaciones



Por Ricardo Gutman


El país se mece al ritmo de una canción popular, harto conocida. Un elefante se columpia sobre la tela de una araña y como ve que resiste llama a otro elefante que acude en su ayuda. Ambos ven que la tela continúa resistiendo y llaman a un tercero pero como no pueden cortarla hacen la más fácil, llaman a otro elefante para ver si ahora pueden cortarla pero como sigue resistiendo vuelven a llamar a otro elefante y así hasta el infinito. Yo no sé que tiene esa tela de araña pero los elefantes no pueden vencerla por más elefantes que llamen.

Podemos seguir contando y cantando hasta que nos cansemos, hasta el infinito mismo si se quiere. No culpemos a los elefantes, son elefantes y piensan como elefantes, tienen mucha memoria, mucho archivo pero piensan como elefantes. Juntan peso, cada vez más, pero la tela hace lo posible por resistir. La incertidumbre pasa porque nunca se sabe cuántos elefantes puede soportar la tela de araña, o bien porque nos cansamos de cantar y porque el infinito es infinito y no hay vuelta que darle.

Ser políticamente correcto es necesario, necesario para la convivencia, para la democracia, para la vida. Pensemos en las dificultades que nos acarrearía no serlo, los conflictos permanentes, los disgustos, si no fuera por la tan mentada hipocresía rutinaria. Un mínimo es necesario. Pero el hecho de que todo el mundo quiera ser políticamente correcto aburre. Y enerva. Y se convierte en otra cosa, en una exacerbación de la mentira como herramienta de cohesión, la hipocresía como vehículo social. De vez en cuando es necesaria una dosis de sinceridad brutal para sacudirnos la modorra y pensar un poco del otro lado. Y tratar de comprender, en resumidas cuentas.

Actualmente existen al menos treinta conflictos sindicales en el territorio argentino, es decir, al menos uno por cada provincia, todos por reclamos salariales o mejoras en sus condiciones laborales. No importa lo que pase en las provincias, importa lo que pasa en Capital Federal. Ya estamos acostumbrados, y eso que venimos alterados por una nueva Ley de Medios.

Debe ser que el país está explotando. Por lo menos eso dicen los medios. O quizás la mecha está empezando a consumirse y lentamente se acerca al barril. Quizás explotó hace mucho pero no nos habíamos dado cuenta porque no lo dijo la televisión. Quizás no nos importa porque no nos toca directamente, por creer que nos pasa por al lado, que le pasa a otro. Quizás las cosas estén cambiando, pero no nos damos cuenta.

Es una cuestión de óptica; usted decide. El problema del país no son los reclamos salariales, por lo visto; el problema son los cortes de tránsito que impiden la normal movilización de la gran masa de porteños que necesitan hacerlo por esta gente que reclama salario, becas, planes sociales o piquetes porque en el mejor de los casos el sueldo no les alcanza para llegar a fin de mes sin importar el derecho del otro a circular libremente. Así de simple. Usted decide por donde pasa el eje de la cuestión.

Correr el eje de la información desvirtúa a priori el análisis de la situación, desenfocando núcleo de la cuestión. Pero como información es interpretación y por lo tanto construcción, es válido desde un punto de vista editorial; la configuración del mundo de un cronista no es ajena a su ideología, por lo tanto es otra construcción del mundo válida como cualquier otra. El valor radica en decirlo, en decir desde donde se dice lo que se dice. Hasta ahí estamos de acuerdo.

Pero parece que nadie quisiese decir lo que piensa. Por ser políticamente correcto, demasiado correcto. Porque hay que comprender. Y comprender es ponerse en el lugar del otro. Y negarse a comprender es negarse a la otra realidad, es, simplemente, individualismo. Piden a los cuatro vientos que se solucionen los problemas de tránsito como si eso fuera la gran preocupación.

La “legitimidad” de la cámara, el poder de manejarla, de darle a la voz a quien yo quiero, parece otorgar la razón. Y si repetimos muchas veces la misma opinión la sensación de unanimidad es abrumadora. Pero no lo dicen. Lo dicen solapadamente, entre los pliegues del discurso, de la corrección política. Le hacen decir al otro, a la gente común, lo que ellos no quieren decir.

Probablemente peque de ingenuo y el hecho de creer que el problema es otro, que pasa por otro lado quizás lo demuestre. Creer que alguien que corta el tránsito o participa de un piquete tiene un motivo para hacerlo quizás sea una demostración. No niego que existen presiones políticas e intereses creados de por medio, pero a la hora de preguntarme qué haría yo si no pudiese darle de comer a mi hijo, no tengo mucho en que pensar.

Ocurre que del otro lado no me ofrecen soluciones sino reducciones, simplificaciones que no alcanzan para abordar el problema ni medidas que lo solucionen más allá de llamar al orden, una actitud represiva de los conflictos sociales que no pretende su solución sino que simplemente no estorben, que se queden ahí, que no jodan y que si joden que los lleve la policía.

Es que el corte de tránsito es sólo coyuntural, por más que afecte a muchos, no es central. El centro pasa por otro lado. Pasa por trabajo digno, vivienda, educación, seguridad social, salud pública; pasa por los problemas de fondo hasta ahora no resueltos. La gente que protesta lo hace por sus derechos. No simplifiquemos porque sino terminaremos razonando como elefantes. Y si terminamos pensando como elefantes aunque no tengamos nada en común con ellos devendremos en funcionales.

Lo cierto es que los elefantes están empecinados en cortar la tela de araña. Eso me preocupa un poco porque hasta donde cuento yo la tela siempre soporta. El problema es que si se sigue contando el número de elefantes es infinito. Pero tengo fe en la tela. Siempre resiste. No sé porque.

28.5.09

Soñar San Cristóbal

Ricardo Gutman

Para hablar de esto habría que ser, lisa y llanamente, hombre de mundo. Saber, conocer, recordar, explicar, aprender, poder comparar con autoridad. No desde el simple cuestionamiento de la inefable Doña Rosa, tan volátil y superflua como su mismo inventor. Sino hablar desde las necesidades, desde las faltas, desde lo que no tengo y lo que me gustaría tener.

A veces sueño San Cristóbal como un lugar grande, desarrollado, con vida, sustentable, con muchos y frondosos árboles en sus plazas y veredas, con edificios de altos pisos y balcones, una ciudad con mucha luz, empuje, empresas, comercios, museos, cines, teatros, artistas callejeros y mucha gente en las calles.
No hay cables, el cielo no se ve cruzado por esa maraña de hilos gruesos que nunca se saben muy bien para que son o que hacen y que lo único que genera es un entredicho burocrático para saber de quién es, a quién corresponde, quién se hará cargo si se corta. No hay cables porque se ha decidido entubar la red eléctrica, una mejora realmente notable en una ciudad que no corre peligro de inundación, y porque una empresa ha decidido invertir en satélites para las líneas telefónicas.
Cuando sueño San Cristóbal veo al ferrocarril funcionando como un verdadero elemento de integración social y económica, trasladando la producción local hacia los puertos y los viajeros viajar y conocer el país sin mucho gasto. Sobre todo sueño con viajar en un camarote particular, esos con sillones y ventanas que son como pequeños departamentos y ver pasar el paisaje tranquilo, sin apuros, mateando o fumando, sólo o acompañado, no importa, pero viajar en tren. Porque soy de San Cristóbal y nunca viajé en tren.
Pero cuando sueño el ferrocarril no lo veo en el lugar donde está, lo veo más allá, mucho más allá de su lugar de siempre, dividiendo a la ciudad, sino emplazado en el oeste de la ciudad porque a alguien se le ocurrió trasladarlo para integrar esa franja de San Cristóbal y permitir un desarrollo urbano más armónico e integrador.
En el lugar donde ahora está el ferrocarril no están las vías (porque ahora las vías están del otro lado) sino un parque inmenso que recorre la ciudad de punta a punta, con árboles y senderos para caminar y muchos bancos para sentarse a hablar o a no hacer nada si uno tiene ganas y un anfiteatro al aire libre donde todos los fines de semana hay algo y fuentes de agua y juegos para los pibes y si me dejan seguir sueño hasta un lago artificial frente a mi casa.         
Caminar por San Cristóbal es un verdadero placer porque sus veredas están pobladas de árboles gigantes que no se tienen que podar porque los cables obligan y la siesta es algo más que el sol calcinando el asfalto y los boulevares le hacen honor a su nombre; los pibes juegan en la vereda sin molestar a los vecinos y los padres duermen tranquilos porque se sienten seguros.
En mi ciudad hay un par de clubes inmensos con campings que están llenos de familias los fines de semana. Incluso hay equipos que compiten profesionalmente en las primeras ligas del país y la gente asiste a los estadios para ver a los equipos de la ciudad y es socia de las entidades y deposita la plata en sus mutuales porque ya no se roban la plata y nadie tiene miedo de perder los ahorros.
Algo realmente digno de orgullo es el desarrollo industrial que ha logrado el lugar luego de años de anemia económica. Gran parte de ese desarrollo se debe a la implementación efectiva de un Parque Industrial que ha permitido repatriar a una inmensa cantidad de jóvenes expulsados en los últimos años hacia otras localidades en busca de una mejor perspectiva.
Y gran causa de esto proviene de los debates que se dieron entre las instituciones locales que vieron la necesidad de implementar una identidad industrial definida con objetivos claros y concretos.      
Mi ciudad creció pero no perdió algo que la caracterizó: aquí, en San Cristóbal, lo público siempre es mejor que lo privado y por eso las escuelas públicas funcionan mejor que las privadas y nadie le da vergüenza hacerse atender en el hospital porque es un hospital modelo que fue creciendo no sólo con el aporte de la provincia sino también de la gente que fue entendiendo que lo público es de todos y nos beneficia a todos y entre todos lo equipamos como se debe.
Y en vez de competir con el hospital público los privados entendieron que deben apostar a las especializaciones y por eso hay clínicas de las más diversas afecciones y no hay que viajar a otro lado porque acá hay una terapia intensiva y ya nadie se muere en el camino.       
Como no podía faltar, en el San Cristóbal que sueño (sobre todo de siesta, a esa hora en que la ciudad parece no moverse) abro la canilla y el agua que tomo es potable. Prendo la hornalla de la cocina y el gas sale más barato y ya no tengo que realizar la horrible tarea de cambiar la garrafa, de cerrar bien la entrada de gas, de embardunar el tubo con detergente para ver si hay alguna pérdida ni de tener cuidado con el alambrecito de cobre que se puede quebrar en cualquier momento. Y cuando saco la basura en los días en que me dijeron sé que tengo que hacerlo porque el reciclado de basura en mi ciudad genera mano de obra y se abastece el alumbrado público con el gas que generan los residuos orgánicos.
Sobre todo lo que me enorgullece de mi ciudad es que la gente tiene ganas de hacer, de movilizar, de crecer, entre otras cosas porque las inquietudes se escuchan y nadie se enoja por una crítica constructiva.
A grandes rasgos este es el San Cristóbal que sueño siempre a la siesta. Pero no sé porqué lo sueño ni porque lo escribo si solamente lo sueño y sobre todo no soy eso que llaman un hombre de mundo.

18.5.09

Respuestas

Por Ricardo Gutman
I
El libro dice:”Así cómo el giro copernicano revolucionó nuestra comprensión del espacio, Einstein hace que el tiempo ocupe un lugar distinto en nuestra imagen del mundo, volviéndolo a relacionar más estrechamente con el espacio y convirtiéndolo en la cuarta dimensión (después de la línea, el punto y el cuerpo).
La clave para comprender esta revolución está en la posición del observador. Antes de Einstein, el observador había sido excluido de la ciencia para impedir que la objetividad de los datos científicos se viese alterada por factores y puntos de vista subjetivos. Einstein reintroduce al observador en la ciencia y observa como observa el observador- en cierto modo Einstein es el Kant de las ciencias-.
Para él, la condición esencial de la observación es la velocidad de la luz, que no puede superarse, pues de lo contrario los fenómenos ocurrirían antes de que pudiésemos observarlos. En otras palabras: la observación de cualquier objeto requiere tiempo, tanto cuanto más alejado esté de nosotros. Cuando miro una estrella situada a un año luz (la distancia que recorre la luz a una velocidad de 300.000 kilómetros por segundo), la veo como era hace un año, es decir, no puedo verla como es “ahora”. O dicho de otro modo: cuando la veo, estoy mirando al pasado, lo que desbarata la idea de simultaneidad. Esta es sumamente extraña. Imaginemos que estoy sentado en una estrella situada exactamente a medio camino entre dos estrellas gemelas, en cada una de las cuales una bomba atómica hará explosión en cuanto yo dé la señal. Si pulso el botón, dentro de diez minutos veré una explosión en las dos estrellas, de este modo contemplo fenómenos simultáneos, pero solamente desde esta posición. Si yo programase la explosión para dentro de dos horas y me dirigiese con una nave espacial hacia una de las estrellas gemelas, después de dos horas de viajar vería una explosión antes que la otra, aunque tuvieran lugar “al mismo tiempo”. La expresión “simultaneo” es, pues, relativa al punto de vista del observador. Sin esta referencia al que observa, esta expresión carece de sentido”.
La verdad, una pinturita. Una explicación cómo la que todo maestro busca. Clara, sencilla, oceánica, aprehensible, simple y general. Un maestro el alemán este. La verdad que sí.
No sé si es verdad pero podría serlo. Uno me dirá que en verdad es un hecho, yo prefiero, cuanto menos, desconfiar, por eso de los paradigmas, por eso de que lo que hoy es verdad es lo aceptado por la mayoría con autoridad para reconocerlo y que cualquier día (léase centurias) la cosa cambia y la verdad es otra y entonces resulta que lo que creíamos estaba un poco equivocado. Pero la explicación es buenísima o lo suficientemente buena para que un absoluto orate como yo que reconoce que cuando mira el cielo le da vértigo entienda que lo que en realidad miramos, en este caso una estrella, no es la estrella que creemos que es sino la que vemos. Algo así como la fe.
II
Siempre lo sentí o siempre lo supuse, no sé bien que fue primero. Siempre creí que las cosas eran un poco más complicadas de lo que realmente son y que cuando miraba algo estaba mirando algo más que, oculto, no se me daba a conocer o que no sabía que era.
Eso me ocurría con mis árboles. Yo he tenido mis árboles, en otro tiempo, mis árboles de pibe pero un buen día alguien los arrancó dejando una molesta claridad a toda hora. El árbol del frente de mi casa tenía una particularidad: en ciertos días, a ciertas horas, la luna se encuadraba entre las ramas más gruesas, convirtiéndose en todo un espectáculo. Recuerdo esperarla, reloj en mano, los mismos días en distintos meses, como si ella me visitara sólo para mostrarse, como hacen ciertas mujeres, para que sólo la mirara yo y en un diálogo sordo pensáramos en las distancias, en el espacio, en la deslumbrante comprensión de saberse testigo de algo más allá de lo evidente, algo mucho más grande de lo que podía imaginar pero que mis ojos de joven no podían alcanzar.
En las noches en que la luna no venía me sentaba a mirar por el recuadro de las ramas, simplemente por hacerlo, y la pregunta de qué era lo que estaba mirando me asaltaba cada vez que lo hacía, perdiéndose en una respuesta oscura. Ahora sé que la única persona capaz de adjetivar esa mezcla de duda e inmensidad era Borges.
En ese entonces no lo sabía, pero había noches en que el recuadro mostraba estrellas que a la noche siguiente no aparecían. Era muy pibe para saber que estaba viendo la muerte de una estrella, si lo hubiera sabido quizás nunca más hubiera mirado por el recuadro de ramas.
Sabía que nunca encontraría la respuesta a lo que estaba mirando pero era la promesa de algo, una promesa, pero los municipales cortaron el árbol un mediodía de enero y desde ese día ya no recuerdo donde se encuadraba la luna y vivo con dolor de cabeza producto de las insolaciones. Esta noche la luna está detrás de mí y no puedo evitar sentirme vigilado, ya no existen marcos de madera y esa costumbre de mirar lo insondable sin saber qué es lo que hay más que pánico me reduce a la conciencia de lo mínimo que soy.
III
Un paradigma es el marco de referencia en el cual se estructura una época. Algo es verdad porque las personas capacitadas para decir que es verdad dicen que lo es, es decir, el corpus de respuestas aceptadas como tales, no por puro capricho sino por una serie de consensos en la que la comunidad científica se pone de acuerdo. Por más didáctica que sea la explicación del alemán, no llega a convencerme. El problema es el punto de vista. Si todo depende del punto de vista hay cosas que pasan y cosas que no pasan simplemente porque el espectador está o no está en el lugar donde pasan las cosas, como sí las cosas ocurriesen en la medida en que uno las presencie o no; entonces como un nene malcriado puedo desechar las cosas en la medida que las vea, las presencie, las viva, y lo demás no existe. Puede que no me convenza pero es una respuesta. Al fin y al cabo todos buscamos nuestras respuestas de la manera que queremos. O que nos conviene.
IV
La tarde se me pasó sin darme cuenta entre las páginas de este libro que, básicamente, trata de recorrer lo que es la cultura occidental y cómo se ha estructurado con el correr de los tiempos. Un solo repaso de su índice alcanza para cansarse. El mensaje me llegó en el momento en que llegaba a hastiarme del libro, unas cincuenta páginas después de la relatividad, y me avisaba que esta noche había asado en la casa de M. a las 22, que lleve carne.
Llegué temprano, tipo 21.30, sabiendo que el asado se demoraría como siempre y que la previa no tardaría en comenzar. Fui demasiado puntual. En la casa sólo estaba el anfitrión preparando el fuego, nos saludamos y el amigo fue para la cocina a buscar una cerveza. Cuando volvió yo estaba mirando una estrella. “¿Qué te pasa?”, preguntó, mientras llenaba el vaso. Tuve que responderle: “¿Alguna vez te pusiste a pensar qué esa estrella que estamos viendo en realidad no es la estrella que creemos, qué es una imagen retrasada que nos llega después de recorrer años luz hasta llegar a nosotros? Si esto fuera así en realidad estaríamos viendo el pasado y si de todas las posibilidades existentes fuera así entonces ¿qué somos?, ¿el futuro de esa estrella o el pasado de otros que no podemos ver y qué viéndonos no saben que somos su pasado y que ellos son el futuro nuestro?”.
Durante unos segundos eternos M. no dijo nada mientras yo seguía con la mirada fija en el punto cada vez más brillante del espacio y esperaba su respuesta. “¡Dejá de joder, Ricón, y tomate un porrón!” me respondió, mientras me acercaba el vaso. Yo le acepté el convite y me prendí un pucho, cómo suelo hacer en esos casos.

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